“¡Mamá, es por tu bien!”, dijo mi hijo sonriendo mientras el juez leía la sentencia. Sentí el frío del papel como una cuchilla: incapaz, tutelada, despojada. “¿Mi propio bien… o tu comodidad?”, quise gritar, pero mi voz no salió. Esa noche, dejé una nota temblorosa: “Si soy una carga, no me carguen más.” Al amanecer, desaparecí… y lo que encontré fuera fue peor de lo que imaginaban.
Me llamo Lucía Serrano, tengo 52 años y hasta hace un año llevaba una vida normal en Valencia: un pequeño piso pagado con esfuerzo, una tienda de repuestos que levanté con mi difunto marido, y tres hijos ya adultos: Javier, Marta y Diego. El día que me dio el ictus, lo primero que pensé, antes…