Estaba en el museo cuando una mujer me deslizó una nota: “Actúa normal. Sonríe. Sal cuando yo salga.” Sentí un escalofrío. Se acercó a mi oído y susurró: “Ese hombre te está siguiendo.” Tragué saliva, fingí reír… y entonces escuché pasos detrás de mí. Al girarme, se me heló la sangre. “No mires ahora”, me dijo ella. Pero ya era tarde… ¿por qué estaba aquí?

Me llamo Lucía Navarro y aquel sábado entré al Museo de Bellas Artes de Madrid solo para apagar la cabeza. Iba con vaqueros, una blusa clara y el móvil en silencio. A los diez minutos noté algo extraño: el mismo hombre aparecía en cada sala con una naturalidad demasiado perfecta, como si yo fuera el recorrido. Alto, chaqueta oscura, auricular discreto. Cada vez que yo me detenía frente a una obra, él se colocaba a una distancia “casual” y miraba más mi reflejo en el cristal que el cuadro.

En la sala de retratos, una mujer de unos cincuenta, elegante y seria, se acercó como si me fuera a preguntar por una pintura. En lugar de eso, me rozó la mano y dejó un papel doblado. Ni siquiera me miró a la cara. Abrí la nota detrás de un panel informativo: “Compórtate normal. Sonríe. Sal cuando yo salga.” Sentí que la garganta se me cerraba.

La mujer se colocó a mi lado, fingiendo leer el cartel, y susurró sin mover los labios: “Ese hombre te está siguiendo.” Me obligué a sonreír como si estuviéramos comentando arte. “¿Quién eres?”, murmuré. “Alguien que no quiere que acabes en un coche sin matrícula”, respondió, seca.

Mi mente buscó explicaciones: ¿un ladrón? ¿un ex? Pero yo no tenía enemigos… o eso creía. Saqué el móvil como si fuera a hacer una foto y vi, en el reflejo del cristal, que el hombre tocaba su auricular. La mujer avanzó hacia la salida de la sala con paso lento. Yo la seguí, sonriendo, respirando corto.

Al pasar por el pasillo central, ella soltó en voz muy baja: “No corras. Si corres, te cazan.” Entonces lo vi: no era solo uno. A unos metros, junto a la tienda, había otro tipo con mochila, mirando a su alrededor como quien espera una señal. Sentí sudor frío en la nuca.

La mujer abrió la puerta hacia el patio interior. Yo iba a cruzar tras ella cuando alguien me sujetó del antebrazo con firmeza. Una voz masculina, amable y helada: “Señorita Lucía, un momento.” Me giré… y vi el auricular, la credencial sin nombre, y esos ojos que no pedían permiso. Ahí empezó el verdadero miedo.


PARTE 2
Me quedé quieta, con la sonrisa clavada como un insecto. “¿Pasa algo?”, dije, fingiendo calma. El hombre apretó un poco más, lo justo para que yo entendiera que podía hacerme daño sin levantar la voz. “Solo una comprobación. No tardaremos.” Intenté zafarme con un gesto suave. “Estoy con prisa.” Él sonrió, pero sus ojos no: “Lo sabemos.”

La mujer elegante —luego supe que se llamaba Carmen Salvatierra— se detuvo en el umbral y, sin mirar atrás, soltó como si se dirigiera al aire: “Lucía, ahora.” Fue una orden disfrazada de casualidad. En ese segundo, el guardia de sala pasó cerca y Carmen levantó la voz: “¡Perdón! ¿Dónde está la salida al patio?” El guardia señaló, distraído. El hombre de mi brazo aflojó un instante para no llamar la atención. Aproveché: giré la muñeca, me solté, y crucé hacia el patio con pasos normales, casi elegantes.

Ya fuera, Carmen me llevó junto a una columna y sacó su móvil. “No mires atrás”, dijo. “Te están ‘marcando’ desde hace días.” Me reí nerviosa, como si aquello fuese absurdo. “¿Por qué yo?” Carmen me sostuvo la mirada: “Porque trabajas donde no debes.” Y entonces lo entendí: yo era administrativa en una empresa de logística del puerto. No era importante… hasta que la semana anterior abrí por error un archivo adjunto en un correo interno. Un listado de contenedores “reclasificados”, rutas cambiadas, firmas digitales duplicadas. Lo cerré y lo olvidé. O creí olvidarlo.

“Ese archivo no era para ti”, continuó Carmen. “Alguien se dio cuenta de que lo abriste. Y hoy han venido a ‘arreglar’ el problema.” Noté el estómago en el suelo. “¿Tú cómo sabes eso?” Carmen tragó saliva: “Porque yo también trabajé ahí. Denuncié. Me lo hicieron pagar.”

En ese momento sonó su móvil. Miró la pantalla y se tensó. “Nos están triangulando”, murmuró. Me agarró de la muñeca y caminamos hacia la salida lateral del museo, mezclándonos con un grupo de turistas. “Si te separas, te recogen”, dijo. “Si llamas a la policía aquí, se van antes de que lleguen y vuelven por ti mañana.”

Yo temblaba. “¿Qué hago entonces?” Carmen me metió en la mano una tarjeta con un nombre y un número: “Inspector Martín Rivas. Asuntos Internos.” Y añadió, con un tono que me cortó el aire: “No confíes en el uniforme equivocado. Algunos de ellos llevan placa.”

Al cruzar la puerta lateral, vi por el cristal al hombre del auricular hablando con otro, señalando discretamente hacia nosotras. Carmen apretó mi mano. “Sigue andando”, susurró. “Y cuando yo diga ‘ahora’, me sueltas y te vas sola.” “¿Sola?” pregunté. Carmen respondió sin mirarme: “Es la única forma de que una de las dos salga.”


PARTE 3
Caminamos por la acera como dos desconocidas: distancia justa, ritmo medido. Carmen se detuvo frente a un quiosco y miró los titulares como si buscara una revista. Yo seguí unos pasos más, fingiendo leer un mensaje. El reflejo en el escaparate me confirmó lo peor: el hombre del auricular ya había salido del museo. Y el de la mochila venía por la otra esquina.

Carmen habló sin girarse: “A la derecha hay una calle estrecha. No entres. Te encajonan.” “Entonces ¿qué…?” “Cruza cuando el semáforo cambie, pero no al paso de peatones principal. Ve al siguiente, el que está más lleno.” Su voz era firme, de alguien que ya había vivido una persecución.

El semáforo se puso en verde. Carmen levantó la mano como si se despidiera de alguien: “Ahora.” Solté su muñeca y me mezclé con una familia que empujaba un carrito. Sentí el corazón golpeándome la garganta. Crucé con ellos, giré una vez la cabeza y vi a Carmen quedarse atrás, clavada en su sitio, mirando al hombre del auricular con una calma casi desafiante.

Yo seguí, doblé la esquina y entré en una cafetería pequeña. Me senté al fondo, de cara a la puerta. Saqué el móvil y llamé al número de la tarjeta. Contestó una voz grave: “Rivas.” Tragué saliva. “Soy Lucía Navarro. Tengo… información. Y me siguen.” Hubo un silencio corto, profesional. “¿Dónde estás?” Le dije la calle. “No salgas. No hables con nadie. Voy en camino. Y escucha bien: si alguien se identifica como policía, pídeles el número de placa y llama otra vez antes de abrir.” Me temblaban las manos.

A través del cristal, vi pasar al hombre de la mochila. Miró dentro un segundo, como si buscara un rostro. Yo bajé la vista al café que no había pedido. Minutos después, dos agentes entraron. Uno sonrió demasiado. “Señorita Lucía, venimos por usted.” Recordé a Carmen: no confíes en el uniforme equivocado. “¿Número de placa?”, pregunté. El que sonreía se molestó. “No hace falta.” Mi piel gritó peligro.

En ese instante, la puerta se abrió de golpe y un hombre con traje oscuro mostró una credencial a centímetros de sus caras. “Inspector Rivas. Ahora sí hace falta.” Los dos agentes se quedaron rígidos. Rivas me miró y dijo: “Has hecho bien.” Solo entonces respiré.

Esa noche, en comisaría, supe que Carmen había logrado escapar y que mi “archivo equivocado” era parte de una red real de falsificación de cargas. Yo no era la protagonista de nada… hasta que abrí ese correo.

Si esta historia te ha dejado con el pulso arriba, dime en los comentarios: ¿tú qué habrías hecho en mi lugar, confiarías en Carmen o habrías llamado a la policía desde el museo? Y si quieres que cuente qué pasó con Carmen y cómo terminó el caso, déjame un “sigue” para saber que te interesa la segunda parte de lo que ocurrió.