Mi hijo, médico, me citó detrás del hospital a medianoche. Apenas llegué, me bloqueó el paso: “Mamá… prométeme que no llamarás a la policía”. Su voz temblaba. Abrí la puerta del coche y el aire se me congeló en los pulmones. “¡No… esto no puede ser!”, susurré, viendo ese rostro pálido bajo la luz. Él bajó la mirada: “Si gritas, nos hundimos”. Y entonces entendí… esto recién empezaba.
Me llamo Marta Salazar y todavía me tiembla el pulso cuando recuerdo aquella llamada. Eran las 00:37 cuando mi hijo, Javier Salazar, médico residente, susurró por teléfono: “Mamá, ven… detrás del hospital. Y por favor, ven sola”. Su tono no era el de alguien cansado de guardia; era el de alguien acorralado. Llegué al callejón…