Me llamo Lucía Ramírez, y todavía huelo el incienso de aquella mañana. La iglesia de San Isidro estaba llena, pero yo me sentía sola, con el bolso apretado contra el pecho, como si ahí dentro pudiera esconder el desastre. Javier, mi marido, “había muerto” tres días antes en un supuesto accidente de carretera. Demasiado rápido, demasiado limpio, demasiado cerrado: ataúd sellado, “por protocolo”, me dijeron. No me dejaron verlo. Su madre insistió: “Es mejor así, hija”. Yo asentí porque no tenía fuerzas para discutir.
El sacerdote hablaba de “descanso eterno” cuando algo vibró dentro de mi bolso. Un zumbido breve, inconfundible. Mi corazón dio un salto. Nadie debería escribirle a un muerto. Saqué el teléfono y lo vi: era el móvil de Javier, el que la policía me devolvió “ya revisado”. Tenía un mensaje nuevo, sin nombre, solo un número desconocido.
Leí, y se me helaron las manos: “No mires el ataúd. Mira detrás de ti.”
Tragué saliva. Miré el ataúd… y luego, sin querer, obedecí.
Detrás, a pocos bancos, había un hombre de traje gris, demasiado correcto para un pueblo tan pequeño. Tenía la mandíbula tensa, los ojos atentos… y en su muñeca brillaba algo que me perforó la memoria: el reloj de Javier, el mismo con la correa de cuero gastada en el borde. El hombre me sostuvo la mirada como si me estuviera esperando.
Me incliné hacia mi hermana Clara y susurré:
—¿Ves a ese tipo?
—¿Cuál? —preguntó ella, confusa.
—El del reloj… el reloj de Javier.
El hombre se levantó despacio y, sin hablar, señaló con la barbilla hacia la salida lateral. Me temblaban las piernas. “¿Quién eres?”, quise decir, pero la garganta se me cerró. Volví a mirar el móvil y apareció otro mensaje, como un golpe: “Te falta una verdad. Ven sola.”
Me puse de pie, intentando no llamar la atención. El sacerdote alzó la voz en una frase solemne y, en ese instante, un crujido seco salió del ataúd, fuerte, real, como madera forzada. Varias cabezas se giraron. Yo me quedé clavada, con el teléfono en la mano, porque el crujido sonó… como si alguien hubiera empujado desde dentro.
PARTE 2
El murmullo se extendió como un incendio controlado. Una señora se persignó, alguien tosió para disimular el susto, y el sacerdote hizo una pausa incómoda antes de seguir. Yo no podía respirar. Clara me agarró del brazo.
—Lucía, ¿te encuentras bien? Estás blanca.
—Necesito aire —mentí, sin mirarla.
Salí por la puerta lateral, la misma que el hombre había señalado. Afuera, el frío me golpeó la cara y me devolvió un poco de claridad. El hombre del traje gris estaba junto al muro de piedra, mirando su reloj —el reloj de Javier— como si no tuviera prisa, pero su pie se movía con impaciencia.
—¿Quién eres? —logré decir al fin, con la voz rota.
Él me midió de arriba abajo.
—Martín Salas. —Su tono era profesional, sin calor—. Y si sigues aquí, te van a mentir para siempre.
—Ese reloj… ¿de dónde lo has sacado?
Martín bajó la muñeca, como si el gesto le molestara.
—No lo “saqué”. Me lo dieron. Javier me lo dio.
Sentí que la sangre me subía a la cabeza.
—¡Javier está muerto! —escupí, aunque sonó más a ruego que a afirmación.
Martín se acercó un paso, lo suficiente para que yo oliera su colonia cara.
—Escucha bien, Lucía. No hubo accidente. Javier tenía dos opciones: caer con sus deudas o desaparecer. Eligió desaparecer. Y para eso necesitaba un funeral rápido, un ataúd cerrado y… gente que no hiciera preguntas.
Me reí, una risa fea, nerviosa.
—¿Me estás diciendo que mi marido fingió su muerte? ¿Que me dejó aquí, humillada, con su madre llorando y yo…?
—Te estoy diciendo que te usó —respondió Martín sin adornos—. Y que el crujido que oíste no es un fantasma. Es un ataúd mal asegurado. Dentro no hay un “milagro”. Dentro hay un montaje.
Noté el pulso en las sienes.
—¿Y tú qué pintas en esto?
Martín miró hacia la puerta, atento a quien pudiera salir.
—Yo era el intermediario. El que movía dinero, papeles, contactos. Pero algo se torció. Javier cree que puede largarse con todo, incluso con un seguro que aún no cobró. Y yo no pienso cargar con su culpa.
—¿Qué quieres de mí?
—Que mires lo que nadie te dejó mirar. Y que hagas una llamada —dijo, bajando la voz—. Si quieres pruebas, ven conmigo al tanatorio. Ahora. Antes de que lo “arreglen”.
Me quedé helada. En mi cabeza, el crujido se repetía una y otra vez. No por miedo a lo sobrenatural, sino por miedo a lo humano: a la traición calculada.
—Si me estás mintiendo…
—No te conviene que yo mienta —cortó Martín—. Porque si Javier sale limpio, tú serás la viuda perfecta… y yo, el culpable perfecto.
Detrás de nosotros se abrió la puerta lateral. Clara asomó la cabeza.
—¡Lucía! ¿Con quién estás hablando?
Martín me miró fijamente y dijo, casi sin mover los labios:
—Decide ya. O te quedas con el cuento… o descubres quién enterraron hoy.
PARTE 3
No contesté a Clara. Solo le hice un gesto rápido de “ahora vuelvo” y me subí al coche de Martín con las manos temblando. El trayecto al tanatorio fue corto, pero sentí que cada semáforo me arrancaba un pedazo de confianza. Martín conducía en silencio, como si supiera que cualquier palabra podía romperme.
En el despacho del director del tanatorio, un hombre llamado Don Álvaro, todo sonrisas falsas, intentó bloquearme la entrada.
—Señora Ramírez, por respeto…
—Por respeto me dejará ver lo que hay dentro —dije, sorprendiéndome de mi propia firmeza.
Martín mostró su móvil con mensajes y transferencias.
—O colabora, o mañana esto está en comisaría.
Don Álvaro tragó saliva. Nos llevó a una sala fría, sin flores. El ataúd estaba allí, igual que en la iglesia. El mismo barniz, la misma placa. Solo que ahora no había rezos, ni música, ni excusas.
—Ábralo —ordené.
Dos empleados aflojaron tornillos. El sonido del metal contra la madera me perforó. Cuando levantaron la tapa, el mundo se me quedó quieto: no había cuerpo. Solo un saco de arena, un bloque para dar peso y una bolsa con ropa doblada. Entre las prendas, reconocí una camiseta de Javier y, encima, un sobre con mi nombre.
Lo abrí con dedos torpes. Dentro había una nota corta, escrita con su letra: “Perdóname. Cuando todo pase, te llamaré. No hagas preguntas.” Me ardieron los ojos, pero no lloré. Lo que sentí no fue tristeza: fue una claridad feroz.
—¿Dónde está? —pregunté, mirando a Martín.
—Tengo un lugar —dijo—. Un piso en Madrid. No va a tardar en pasar por allí. Javier es vanidoso: cree que controla el guion.
Llamé a la policía desde ese mismo pasillo. Cuando los agentes llegaron, Don Álvaro ya no sonreía. Entregué la nota, el móvil, los mensajes, y señalé el ataúd vacío. Esa noche, en un portal de Lavapiés, detuvieron a Javier al salir con una mochila y un pasaporte nuevo. Cuando me vio, se quedó inmóvil, como un actor al que le cambian el final.
—Lucía… yo… lo hice por nosotros —balbuceó.
—Lo hiciste por ti —respondí—. Y por fin voy a vivir por mí.
No sé qué dolió más: la traición o darme cuenta de que llevaba meses ignorando señales. Pero sí sé algo: cuando alguien te obliga a “no mirar”, casi siempre es porque hay algo que no quiere que veas.
Y ahora te pregunto a ti, que estás leyendo: ¿tú qué habrías hecho en mi lugar? ¿Lo denunciarías sin dudar o intentarías escuchar su explicación? Déjamelo en comentarios: quiero saber si fui valiente… o simplemente llegué al límite.








