Me llamo Lucía Martín, y hasta hace tres meses mi vida parecía estable: trabajo fijo en una empresa logística de Madrid, una hipoteca compartida y un marido, Javier Ortega, que presumía de “cuidar de los suyos”. El día que me despidieron, el jefe apenas levantó la mirada: “Recortes. No es personal”. Yo regresé a casa con las manos temblando y el nudo en la garganta, esperando al menos un abrazo.
Javier no me dio ni eso. Se quedó en el marco de la puerta, con el móvil en la mano, como si yo fuera una notificación molesta.
—¿Y ahora qué? —escupió.
—Buscaré otra cosa. Solo necesito un poco de tiempo —dije, intentando sonar firme.
Él soltó una risa corta, fría.
—Tiempo no. Lo que ya no tienes es utilidad. “Ya no sirves. No pienso mantenerte”.
La frase me golpeó peor que el despido. Creí que era una discusión, un mal momento… hasta que abrió el armario del recibidor y tiró una maleta vacía al suelo.
—Te vas hoy. Con tus cosas. Lo demás… es mío.
Se me secó la boca.
—Javier, es nuestra casa.
—Era. Yo pago la mayor parte, ¿recuerdas? —se encogió de hombros—. Y no voy a cargar con una desempleada.
Esa noche salí con una maleta y una bolsa de ropa. Afuera, el aire olía a lluvia y vergüenza. Caminé sin rumbo hasta el portal de una amiga, pero no tuve valor de tocar. Me senté en un banco, lloré hasta que el maquillaje se me pegó a los dedos, y al buscar un pañuelo en la bolsa encontré algo raro: un sobre negro que no era mío, con una etiqueta: “Ortega — Confidencial”.
Lo abrí con manos torpes. Dentro había copias de transferencias, correos impresos, y una cifra que me dejó helada: 247.000 €. Mi corazón se disparó cuando vi el asunto de un email: “Autorización firmada por L. Martín”.
—Eso… no puede ser —susurré.
Pasé páginas. Y entonces vi mi nombre en un documento que jamás firmé, con una firma idéntica a la mía. En ese instante, una sombra se detuvo frente a mí y una voz me cortó el aire:
—Lucía… ¿qué haces con eso?
PARTE 2
Levanté la vista y vi a Javier. No había sorpresa en su cara; había cálculo. Miró el sobre, luego mis ojos, como si confirmara que el anzuelo funcionaba.
—¿Me seguiste? —logré decir.
—La pregunta es otra —respondió, bajando la voz—: ¿tú sabes lo que llevas ahí?
Me guardé los papeles contra el pecho.
—Sé que hay transferencias a tu nombre y una “autorización” con mi firma. Eso es falsificación.
Javier suspiró, casi con paciencia.
—Lucía, no seas dramática. Son asuntos de empresa. Cosas de adultos.
Me levanté, temblando de rabia.
—No me hables así. ¿Por qué está mi nombre? ¿Por qué esa cifra?
Él sonrió, sin alegría.
—Porque tú trabajabas allí. Tenías accesos. Era… conveniente.
La palabra “conveniente” me heló la sangre. De pronto todo encajó: mi despido, su prisa por echarme, el sobre “olvidado” entre mis cosas. No era un descuido. Era una trampa.
—¿Me estás culpando a mí? —pregunté, con la garganta cerrada.
—Yo no culpo a nadie. Solo te digo cómo funciona el mundo. Si esto sale a la luz, el nombre que aparece es el tuyo. Y ya sabes… una denuncia por fraude no la borra nadie.
Sentí un mareo seco. Apreté el sobre.
—Eres un miserable.
—Soy práctico. —Se acercó un paso—. Devuélveme eso y te dejo tranquila. Podrías empezar de cero… lejos.
Di un paso atrás.
—¿Y si no?
Javier bajó la mirada al móvil y lo encendió.
—Entonces mañana tendrás una visita.
Esa noche no dormí. Me refugié en el sofá de mi amiga Marta Salazar, que me miró con ojos encendidos cuando le conté todo.
—Esto es gravísimo, Lucía. No puedes ir sola.
—No tengo dinero, no tengo casa, no tengo nada —dije—. Pero tengo esto.
A la mañana siguiente fui a una abogada recomendada por Marta, Inés Pardo, que hojeó los documentos sin pestañear.
—Han usado tu identidad para autorizar movimientos —sentenció—. Y lo peor: parecen auténticos. Pero siempre dejan rastro.
Me pidió que recordara cada contraseña, cada acceso, cada correo. Yo trabajaba en administración; Javier había insistido años en “ayudarme” con el ordenador. “Déjame, yo lo arreglo”. Y yo, ingenua, le había dado mi confianza… y mis claves.
Inés fue clara:
—Si él pretende cargarlo sobre ti, hay que adelantarnos. Bancos, registros, trazabilidad de IP, copias de seguridad. Y sobre todo: demostrar el móvil.
Cuando salí del despacho, mi móvil vibró: un mensaje de Javier. “Última oportunidad. Sé razonable”. Lo miré, respiré hondo y escribí solo una frase: “Hablemos. Quiero entenderlo todo.”
No era rendición. Era el comienzo de mi contraataque.
PARTE 3
Quedamos en una cafetería céntrica, con cámaras y gente alrededor. Inés me había dicho: “Sonríe, escucha, y consigue que hable”. Yo llevaba el móvil grabando, las manos quietas, la voz controlada.
Javier llegó impecable, camisa planchada, el mismo perfume caro. Se sentó como si nada hubiera pasado.
—Sabía que entrarías en razón —dijo.
—Solo quiero saber la verdad —respondí, mirándolo sin bajar la vista—. ¿Cuándo empezaste a usar mi nombre?
Su mandíbula se tensó apenas un segundo.
—No lo digas así. Suena feo.
—¿Feo? —sonreí, pero por dentro me quemaba—. A mí me echaron y tú me tiraste a la calle. Y ahora hay documentos con mi firma.
Javier bebió un sorbo de café y, como si hablara de una factura, soltó:
—Necesitaba un “perfil limpio” para mover dinero sin levantar sospechas. El tuyo era perfecto. Y si todo explotaba… bueno, tú ya estabas fuera de la empresa.
Sentí un golpe en el pecho, pero me obligué a mantener el tono.
—¿Y me ibas a dejar cargar con eso?
—Lucía, no dramatices. Te habría dado algo para que desaparecieras.
Ahí lo entendí: para él yo era una solución temporal, no una persona. Le pedí que me lo explicara “para cerrar” y siguió hablando, creyéndose invencible: mencionó correos, accesos, una cuenta puente y hasta el nombre de un contacto del banco. Cada frase era un clavo en su propio ataúd.
Dos días después, Inés presentó la denuncia con la grabación, y solicitó diligencias: trazas de acceso, dispositivos vinculados, movimientos bancarios. El banco confirmó algo decisivo: varias operaciones se autorizaron desde una dirección IP asociada a la red de la oficina de Javier y desde su portátil corporativo. Además, apareció un dato demoledor: él había intentado abrir una cuenta a mi nombre con una firma digital generada desde su móvil.
Cuando lo citaron, Javier intentó volver al guion de siempre: “Lucía está resentida”. Pero ya no estaba sola ni asustada. En la vista preliminar, lo miré y dije en voz clara:
—No quiero venganza. Quiero justicia.
Javier no me sostuvo la mirada. Por primera vez, vi miedo real en su rostro. Y fue entonces cuando comprendí que mi “nada” era una mentira: me quedaba mi voz, mi prueba, mi dignidad.
Hoy vivo en un piso pequeño, sí, pero mío. Trabajo en otra empresa, y cada vez que alguien intenta minimizarme, recuerdo aquella frase: “Ya no sirves”. Sonrío, porque ahora sé quién no servía.
Y tú, que estás leyendo esto: ¿qué habrías hecho en mi lugar? ¿Habrías guardado silencio por miedo, o lo habrías denunciado aunque te llamaran “dramática”? Si quieres, dime en comentarios si crees que Javier merece una segunda oportunidad o si hay cosas que no se perdonan. Te leo.








