Llamé al fontanero para arreglar una fuga en el sótano y salí “solo un momento”. Diez minutos después, el teléfono vibró y escuché su voz temblando: “Señora… ¿quién está aquí abajo conmigo?”. Se me heló la sangre. “No hay nadie más en casa”, respondí. Sonó un golpe seco, un susurro pegado al micrófono… y la llamada se cortó. Corrí a casa. La puerta del sótano estaba entreabierta, y desde dentro… alguien dijo mi nombre.

Me llamo Laura Martín y vivo sola en un piso antiguo de Vallecas, Madrid. Aquella mañana la humedad del sótano volvió a ganar la batalla: una mancha negra trepaba por la pared y el olor a moho se metía en la ropa. Llevaba semanas ahorrando cada euro para un arreglo serio, pero el agua no espera y el casero tampoco. Llamé a un fontanero recomendado por la comunidad, Javier Ríos, y llegó puntual, con mono azul, caja de herramientas y una sonrisa cansada. “Es una fuga vieja, pero la localizo”, me dijo mientras bajábamos las escaleras estrechas que conectaban mi cocina con el trastero subterráneo. Le encendí la luz, le dejé agua y subí. Tenía que ir al mercado: estaba preparando comida para mi madre, que venía a pasar unos días conmigo.

No tardé ni diez minutos en cruzar la calle cuando el móvil vibró. Contesté con una bolsa de verduras en la mano. Del otro lado, la voz de Javier no era la de antes: era un hilo, tembloroso. “Señora… Laura… ¿quién está aquí abajo conmigo?” Me quedé clavada. “¿Cómo que quién? No hay nadie, Javier. Estoy fuera. ¿Qué pasa?” Se oyó un golpe sordo, como metal contra cemento, y un susurro que no entendí, pegado al micrófono. Luego, silencio. La llamada se cortó.

El pecho me ardía. Dejé las bolsas en el suelo y eché a correr, sin mirar semáforos. Subí las escaleras de dos en dos y, al llegar, vi la puerta del portal entornada. En mi piso, la cerradura no estaba forzada, pero la puerta de la cocina estaba mal encajada, como si la hubieran cerrado deprisa. “¿Javier?” grité. Nadie respondió. Bajé un peldaño hacia el sótano y noté un olor a sudor y polvo. Había huellas de barro recientes en el primer escalón, y junto a la pared, la linterna de Javier parpadeaba.

Di otro paso. Desde abajo, alguien pronunció mi nombre con calma, demasiado cerca: “Laura…” La luz del sótano se apagó de golpe. Sentí una mano en mi muñeca, tirando hacia la oscuridad, y una voz masculina susurró al oído: “No grites. Si haces lo que te digo, él sale vivo.”

Parte 2: Me quedé rígida, con la muñeca atrapada. Intenté girarme, pero el tipo me empujó contra la pared; olía a tabaco barato y lluvia. “Tranquila”, repitió. La luz de la cocina seguía encendida arriba, así que supe que no era un apagón del edificio: alguien estaba controlando la situación. Bajó conmigo, sin soltarme, y al llegar al rellano vi a Javier en el suelo, atado con bridas a una tubería, con un corte superficial en la ceja. Me miró con vergüenza y miedo. “Lo siento… apareció por la puerta del patio”, murmuró. En el trastero, sobre la mesa, vi mi llavero abierto: habían sacado la copia de la llave del portal.

El hombre que me sujetaba llevaba la sudadera de Javier encima, como si quisiera confundirme. No estaba solo. Desde el fondo del trastero apareció otro, más joven, con gorra y un destornillador en la mano. “¿Esta es?”, preguntó. El primero asintió. “Escucha, Laura”, dijo, pronunciando mi nombre como si lo hubiera practicado. “Sabemos que guardas dinero en casa. No nos hagas perder el tiempo.”

Se me encogió el estómago. No era verdad… o no del todo. La noche anterior había retirado efectivo para pagar una parte del tratamiento dental de mi madre; lo tenía escondido en un sobre, porque el banco me había puesto problemas con el límite. Tragué saliva. “No tengo una caja fuerte. No tengo nada”, mentí. El joven se rió, nervioso. “Tu tienda online… los ingresos…”, soltó. Entonces entendí: me habían estado observando. Mi negocio de accesorios vendía bien y, en el barrio, las lenguas vuelan. Y yo, sin darme cuenta, había enseñado en historias la compra grande de materiales.

“Subimos”, ordenó el mayor. Me obligaron a caminar delante, descalza, para no hacer ruido. Al pasar por la cocina vi mi móvil en la encimera, pantalla rota. El mayor me lo enseñó como amenaza: “No intentes listas.” Me indicó el armario del pasillo. “El dinero, ahora.” Yo calculaba segundos, salidas, cualquier cosa. Mi vecina del quinto, Carmen, siempre oía todo… si lograba que oyera un “accidente”.

Abrí el armario y saqué cajas al azar para ganar tiempo, tirando una al suelo con fuerza. “De verdad, no…” No terminé la frase: el joven me empujó y una vajilla cayó al suelo, estallando. El ruido retumbó por el edificio como un disparo. “¡Basta!” siseó el mayor, y me acercó el destornillador a la garganta. “Una llamada, un grito, y el fontanero paga.” Sus ojos no temblaban. En ese instante supe que no era un ladrón improvisado: era alguien que ya había hecho esto antes.