La reunión huele a perfume y a comida fría de bufé cuando ella me ve: la misma sonrisa cruel, los mismos codos afilados abriéndose paso. Recoge las sobras y me las echa en el plato, y se ríe, lo bastante alto como para que la oiga toda la mesa. —¿Sigues conformándote con las sobras? Se me cierra la garganta; vuelvo a estar en aquel aula, escuchándola escupir mi nombre como si fuera basura. Ella presume su diamante, ni siquiera me reconoce. Yo deslizo una tarjeta en su plato. —Lee mi nombre —digo—. Tienes treinta segundos… Su sonrisa se resquebraja. Luego abre los ojos de par en par. Y la sala se queda muy, muy en silencio.
El salón del hotel olía a perfume caro y a comida fría de bufé: croquetas tiesas, ensaladilla ya sin brillo, copas de cava sudando en bandejas. La música de fondo intentaba convencer a todos de que seguíamos teniendo veinte años. Yo no. Yo llevaba diez años aprendiendo a respirar cuando se cerraba una puerta. La…