Tenía dieciocho años cuando él empujó mi maleta hasta el porche y, con una sonrisa burlona, escupió: «Tú no eres de mi sangre. Fuera». La puerta se cerró de un golpe tan fuerte que me vibraron las costillas. Quince años después, con treinta y dos, sin un duro y desesperado, estaba sentado bajo luces fluorescentes parpadeantes rellenando la solicitud de Medicaid… hasta que la empleada tecleó mi número de la Seguridad Social y se quedó completamente inmóvil. Sus dedos quedaron suspendidos sobre el teclado. —Señor… este número está marcado por Interpol desde 1994 —dijo. Tragó saliva. —Pertenece a un niño que fue… La pantalla parpadeó. Mi pulso no. Porque yo ya conocía ese nombre.

Tenía dieciocho años cuando Julián Rivas empujó mi maleta hasta el porche y, con una mueca de desprecio, escupió: «Tú no eres de mi sangre. Lárgate». El portazo me sacudió el pecho. Me llamo Mateo Salcedo —al menos eso creía— y hasta ese instante había vivido en un barrio obrero de Valencia, trabajando por las tardes en un taller y estudiando como podía. Mi madre, Lucía, había muerto dos años antes, y lo único que me quedaba era aquella casa donde Julián me había tolerado por obligación, como si yo fuera un intruso en mi propia historia.

Con veinte euros en el bolsillo y un móvil viejo, pasé la noche en el sofá de mi amigo Sergio. Al día siguiente me fui a Barcelona para empezar de cero: repartidor, camarero, lo que saliera. Nunca volví a pedirle nada a Julián. Me repetí que yo era el hijo de Lucía, punto. Pero siempre hubo algo que chirriaba: no había fotos mías de bebé, ni historias de mi primer colegio, ni un álbum familiar. Cuando preguntaba, Julián gruñía y cambiaba de tema, y Sergio me decía que dejara el pasado quieto.

Quince años después, con treinta y dos, estaba roto. Me había lesionado la espalda en una obra, el alquiler se me comía y las deudas me perseguían. Me senté bajo luces fluorescentes que parpadeaban en una oficina de servicios sociales, rellenando papeles para pedir ayuda médica. El aire olía a café recalentado y desinfectante. La funcionaria, una mujer de mediana edad con gafas y coleta, tecleó mi número de la Seguridad Social sin mirarme. Yo intentaba mantener la calma, como si el futuro dependiera de ese número y de un sello en el papel.

De repente, ella se quedó inmóvil. Sus dedos quedaron suspendidos sobre el teclado. Miró la pantalla, luego mi cara, luego la pantalla otra vez. Tragó saliva.

—Señor, este número está marcado por Interpol desde 1994.

El zumbido de los tubos me pareció más alto. Ella bajó la voz.

—Pertenece a un menor que fue dado por desaparecido.

Mi pulso no se movió. Porque ese nombre que apareció en letras negras sobre fondo blanco, sin margen para dudas, yo ya lo conocía.

La funcionaria, que se llamaba Maribel, se levantó y fue a buscar a un supervisor. Me pidió que no me moviera, como si yo pudiera salir corriendo con la columna hecha trizas. A los diez minutos apareció un hombre con chaleco de “Seguridad” y un gesto incómodo. No me esposaron, pero tampoco me devolvieron los papeles. Maribel me entregó un folio con un teléfono y una dirección: «Unidad de Personas Desaparecidas». Luego, con una humanidad inesperada, añadió: «No tiene pinta de delincuente. Si esto es un error, lo arreglarán».

Salí a la calle con el estómago apretado. En el metro, recordé por qué ese nombre me golpeó como una piedra. No era “Mateo Salcedo” el que había aparecido en la pantalla, sino “Adrián Salcedo”. Ese nombre estaba escrito en la parte trasera de una foto vieja de mi madre, una foto que guardaba en una caja de zapatos. La letra temblona de Lucía decía: “Para Adrián, para cuando todo esto acabe”. Yo la había leído mil veces sin entenderla.

Fui a la comisaría de Les Corts esa misma tarde. Me recibió la inspectora Nuria Ortega, de voz firme y ojos cansados. Me hizo sentar frente a una grabadora y empezó por lo básico: dónde había nacido, qué recordaba de mi infancia, si había salido del país. Me escuchó sin interrumpir mientras yo le contaba lo de Julián, la ausencia de fotos, las evasivas. Cuando mencioné la foto de la caja de zapatos, me pidió verla; se la enseñé desde el móvil. Nuria dejó escapar un suspiro corto.

—En 1994 desapareció en Zaragoza un niño llamado Adrián Salcedo Martín. Tenía cuatro años. Hubo una investigación grande, incluso colaboración internacional, porque se sospechó de una red que movía menores con documentos falsos. —Se inclinó hacia mí—. Si usted ha vivido quince años con este número, alguien lo creó para usted o se lo asignó de manera fraudulenta. Y eso significa que alguien tomó decisiones por usted.

Me tomaron huellas, me hicieron fotos y firmé para una prueba de ADN. Nuria me explicó que, si coincidía con familiares del caso, habría que corregir mi identidad legal. También me advirtió algo que me heló: si yo no era Mateo, entonces Mateo quizá nunca existió en los registros, o existió para encubrir a alguien más.

Esa noche, en mi piso pequeño, abrí por fin la caja de zapatos. Debajo de la foto encontré un sobre sin sello, cerrado con cinta vieja. Dentro había una carta de Lucía, fechada en 2001. Y una frase subrayada: «Julián lo sabe. Por eso te odia. Pero yo te elegí».

Leí la carta de Lucía con las manos sudadas. Contaba que, a finales de 1994, ella trabajaba como auxiliar de enfermería en un centro de salud de Zaragoza. Una noche llegó un niño con un golpe en la ceja y la mirada perdida. No estaba registrado, nadie preguntó por él, y al día siguiente “desapareció” de la sala de observación. Lucía escribió que intentó denunciarlo, pero un supervisor le dijo que no se metiera “donde no la llamaban”. Días después, encontró al mismo niño en un piso compartido, sedado, y lo sacó de allí con la ayuda de una vecina. “No fue valentía”, confesaba en la carta, “fue miedo a dejarte volver con esa gente”.

Dos semanas después, la inspectora Nuria me llamó: el ADN coincidía con una mujer llamada Carmen Martín y con un hombre que figuraba como tío materno. Me pidió que fuera a Zaragoza para la comparecencia. Yo temblaba, pero fui.

Carmen me esperaba en una sala blanca del juzgado, con un abrigo gris y los ojos rojos. No hubo frases perfectas. Solo un «hola» que se rompió a mitad. Me mostró una carpeta con recortes de prensa, carteles de “SE BUSCA” y una pulsera infantil con mi nombre: Adrián. Tenía un hermano, Diego, que había crecido con la sombra de un desaparecido en casa. Nos abrazamos torpemente, como extraños que comparten el mismo agujero.

La parte legal fue un laberinto, pero Nuria logró que me trataran como víctima y no como culpable. Y quedaba lo que más me quemaba: Julián.

Volví a Valencia y lo encontré en el porche. Estaba más encorvado, pero la soberbia seguía ahí. Le enseñé la carta. Negó un minuto, y luego soltó una verdad fea y simple: nunca me quiso porque yo le recordaba que Lucía eligió ser madre sin consultarle. «Yo firmé cosas para que no te apartaran, y lo odié», murmuró. No hubo perdón instantáneo; solo la certeza, por fin, de por qué me echó.

Hoy llevo dos nombres en la garganta: Mateo, el que me ayudó a sobrevivir, y Adrián, el que me devuelve un origen. Si esta historia te ha removido, déjame un comentario diciendo desde qué parte de España la lees y qué harías tú ante un secreto así; y si conoces a alguien que haya pasado por algo parecido, compártelo para que llegue a quien lo necesite.