Cada noche, mi esposo me traía “un té de hierbas para que descanses”. Sonreía… demasiado. Ayer lo tiré a la basura y fingí dormirme. Minutos después sentí su aliento en mi cuello. “Shhh, ya no vas a despertarte”, susurró mientras sacaba algo metálico de su bolsillo. Mi corazón se detuvo. ¿Por qué estaba grabando con el móvil… y a quién le estaba escribiendo?
Me di cuenta por una tontería: cada noche, a la misma hora, Adrián aparecía con una taza humeante y esa voz dulce que usaba cuando quería algo. “Amor, tu té de hierbas. Te ayuda a descansar”, decía. Yo trabajaba turnos largos en la tienda y aceptaba el ritual como una caricia. Llevábamos siete años juntos;…