Cada noche, mi esposo me traía “un té de hierbas para que descanses”. Sonreía… demasiado. Ayer lo tiré a la basura y fingí dormirme. Minutos después sentí su aliento en mi cuello. “Shhh, ya no vas a despertarte”, susurró mientras sacaba algo metálico de su bolsillo. Mi corazón se detuvo. ¿Por qué estaba grabando con el móvil… y a quién le estaba escribiendo?

Me di cuenta por una tontería: cada noche, a la misma hora, Adrián aparecía con una taza humeante y esa voz dulce que usaba cuando quería algo. “Amor, tu té de hierbas. Te ayuda a descansar”, decía. Yo trabajaba turnos largos en la tienda y aceptaba el ritual como una caricia. Llevábamos siete años juntos; últimamente hablaba mucho de “cuidarnos”, de “proteger el futuro”, de firmar papeles que yo posponía porque estaba agotada.
Pero empecé a despertar con la boca seca, la cabeza pesada y recuerdos rotos, como si alguien hubiera editado mi noche con tijeras. Una tarde, al abrir el cajón del escritorio, vi una carpeta nueva con mi nombre y la palabra “seguro” resaltada. Cuando pregunté, Adrián sonrió sin mostrar dientes. “Trámites, amor. Por si un día pasa algo”. Esa frase se me quedó clavada.
Una madrugada encontré en el lavabo un olor químico que no era menta ni manzanilla. Luego vi en el bote de “valeriana” una etiqueta mal pegada. Me reí nerviosa. Tal vez estaba paranoica… hasta que revisé mi pulsera de sueño: las horas “profundas” eran imposibles, demasiado perfectas, como si mi cuerpo se apagara de golpe. Y, lo peor, empecé a notar detalles: la cerradura del balcón siempre echada, mi móvil cargando del lado de él, y un zumbido breve, como de cámara, cuando “ya estaba dormida”.
Esa noche, cuando Adrián dejó la taza en mi mesita, esperé a que saliera. Con manos temblorosas, la vacié en una bolsa de basura y la escondí en el armario. Me metí bajo las sábanas y respiré lento, actuando. El silencio de la casa se estiró, demasiado limpio. Pasaron cinco minutos… diez. Yo contaba los latidos para no delatarme.
Sentí el colchón hundirse. Su peso. Su olor. Adrián no se acostó; se inclinó sobre mí. Mantuvé los párpados quietos, pero mi piel gritaba. Oí el clic de su móvil desbloqueándose y el destello tenue de la pantalla iluminó su cara, seria, concentrada, desconocida.
“Ahora”, murmuró, como si hablara con alguien al otro lado. Luego escuché un suspiro impaciente y el roce de algo metálico. Su mano buscó mi muñeca, como comprobando si estaba lo bastante dormida. Se acercó a mi oreja y, con una calma que me heló, susurró: “Si te mueves, se arruina todo”.

PARTE 2
En ese segundo entendí que no era un juego. El metal chocó suave contra el vidrio de la mesita: una jeringa, o un bisturí, no lo vi, pero lo imaginé. Mi garganta quería gritar, y aun así seguí inmóvil. Adrián respiraba rápido, como si estuviera nervioso por primera vez.
“¿Está fuera?”, preguntó una voz baja desde el altavoz. Una mujer. Adrián respondió sin mirarme: “Sí. No fallará. La dosis del té la dejó hecha trapo”. Mi estómago se hundió. Dosis. Té. Hecha trapo.
Sentí su mano deslizarse por mi brazo hasta mi cuello, buscando un punto. El frío del metal rozó mi piel. No esperé más. Abrí los ojos y solté un golpe con el codo directo a su mandíbula. Adrián trastabilló, sorprendido, y yo rodé fuera de la cama. “¡¿Qué demonios haces?!”, grité, y mi voz sonó más alta de lo que creía posible.
Él levantó las manos, teatral. “Cálmate, Laura. Te asustaste. Solo… solo era una vitamina, para tus migrañas”. Mentía tan rápido que casi daba pena. Vi el móvil en la cama, aún en llamada, y escuché a la mujer: “¡Adrián, corta ya!”. Tomé el teléfono y, antes de que pudiera arrancármelo, alcancé a ver el nombre en la pantalla: “Marta — Notaría”.
Corrí al baño y cerré con pestillo. Mis manos temblaban tanto que apenas podía marcar el 112, pero me detuve. Si llamaba sin pruebas, él lo convertiría en “un ataque de ansiedad”. Me miré al espejo: ojos rojos, labios secos. Entonces recordé la bolsa de basura con el té.
Salí cuando oí que Adrián se alejaba por el pasillo, maldiciendo. Fui al armario, saqué la bolsa y, con una cucharita, vertí el líquido en un frasco limpio. Guardé también el bote de “valeriana” y le hice fotos a la etiqueta mal puesta. Después abrí su portátil. No tuve que buscar mucho: historial reciente, correos impresos, un archivo llamado “Plan_Laura.pdf”.
Ahí estaba todo, con una frialdad quirúrgica: cambiar beneficiarios, grabar “pruebas” de una supuesta depresión, y una cita en la notaría al día siguiente. En un chat, Adrián escribía: “Si parece sobredosis de somníferos, nadie pregunta”. Marta contestaba: “Hazlo en casa. Sin testigos. Y borra las cámaras del portal”. Me faltó el aire.
Apreté los dientes y activé la grabadora de mi móvil. Luego, en silencio, envié las capturas a mi mejor amiga, Sofía, con una sola frase: “Si mañana no contesto, ve a la policía”. Cuando levanté la vista, Adrián estaba en el marco de la puerta del dormitorio, sonriendo como si nada. “¿Ya te calmastes, amor?”, dijo. Yo sostuve su mirada. “Sí”, mentí. “Pero hoy… yo hago el té”.

PARTE 3
En la cocina, Adrián se apoyó en la encimera y me observó como se mira a alguien que ya no considera una persona, sino un trámite. Yo herví agua, saqué dos tazas idénticas y dejé que mi sonrisa pareciera cansancio. Mientras él revisaba mensajes, yo vertí en su taza un sobre de “relajante” que encontré en su propia bolsa: el mismo polvo que usaba conmigo, guardado detrás de los tés. En la mía puse solo manzanilla.
“Por fin”, dijo él, tomando la taza sin sospechar. Brindó con un gesto irónico. “A dormir temprano”. Yo asentí y activé, bajo la mesa, la grabación del móvil. Fingí una voz temblorosa: “Adrián… ¿me estabas dando algo? Me siento rara desde hace semanas”. Él soltó una risa corta. “Ay, Laura. Te inventas cosas”.
Esperé. Un minuto. Dos. Sus párpados empezaron a caer, su lengua se volvió lenta. Entonces lo vi: el miedo real. “¿Qué… qué hiciste?”, balbuceó, intentando levantarse. Me acerqué lo justo para que la cámara captara su cara. “Nada. Solo cambié las tazas”. Su mano buscó mi muñeca con fuerza, pero se le fue la energía. Cayó de rodillas junto a la silla.
“Escúchame”, dijo, arrastrando las palabras. “Era… era para ayudarte. Para que no sufrieras”. Yo no grité. No lloré. Le mostré en la pantalla las capturas del chat y el archivo “Plan_Laura.pdf”. Su mirada se quebró. “Marta me dijo que… que era lo mejor. Que con el seguro…”. Ahí estaba. La confesión que necesitaba.
En ese momento sonó el timbre. Sofía entró con dos agentes detrás; yo le había compartido mi ubicación antes de servir el té. Adrián intentó hablar, pero ya era tarde. Los policías recogieron el frasco con el líquido, el bote con la etiqueta, la jeringa del cajón y mi grabación aún en marcha. Mientras se lo llevaban, Adrián me miró como si yo hubiera traicionado un pacto. Yo solo respondí: “El pacto lo rompiste tú”.
Esa noche dormí en casa de Sofía, sin tazas en la mesita. Pedí una orden de alejamiento, cambié cerraduras y entregué el portátil al perito; no quería venganza, quería verdad y seguridad. A la mañana siguiente, en lugar de notaría, fui a declarar. Y todavía me ronda una pregunta: ¿cuántas “cosas pequeñas” ignoramos por amor hasta que casi nos cuestan la vida?
Si te pasó algo parecido, o si sospechas de alguien, cuéntamelo en comentarios: ¿qué señal te habría hecho abrir los ojos antes… y qué harías tú en mi lugar?