Fui al centro médico de Vallecas para hacerme una analítica rutinaria: la empresa me la exigía para renovar el contrato. Mi jefe, Sergio, insistió en acompañarme “por si había que firmar algo”. Me pareció raro, pero no quise discutir. En la sala de espera, él no dejaba de mirar el reloj y de responder mensajes sin parar, como si aquello fuera más importante que mi salud.
Cuando entré a la consulta, la doctora Laura Gómez me saludó con una sonrisa breve. Me pidió el DNI y lo comparó con la hoja de solicitud. Todo normal… hasta que abrió el sistema. Vi cómo su expresión cambiaba en segundos: se le borró el color de la cara y apoyó la mano en el borde del escritorio, como para no perder el equilibrio. Sus dedos temblaban. Intentó disimular, pero no pudo.
Se levantó, cerró la puerta con suavidad y se acercó a mí. Me tomó del antebrazo y susurró, casi sin mover los labios:
—Tienes que irte ahora. No se lo digas a él.
Me quedé helado.
—¿A quién? ¿A Sergio? ¿Qué pasa?
Ella bajó aún más la voz:
—Mira la pantalla. Luego sal. Ahora.
Me giré. En el monitor aparecía mi nombre completo, mi fecha de nacimiento… pero al lado había una foto que no era la mía. Era la cara de Sergio, con su misma barba recortada y ese gesto de suficiencia. Debajo, un historial de revisiones y una advertencia en letras claras: “Muestra vinculada a identidad externa. Posible suplantación. No informar a acompañantes.”
Sentí un calor subir desde el estómago hasta la garganta. No era un error cualquiera. Era algo preparado. La doctora tragó saliva, como si también tuviera miedo.
—¿Él… está usando mi nombre?
Laura asintió, apenas.
—Sal por la puerta lateral. Ya.
En ese instante, escuché el golpe seco de unos nudillos en la puerta y la voz de Sergio, impaciente:
—¿Javier? ¿Todo bien? ¡Vamos, que tengo prisa!
Laura me miró con urgencia. Yo agarré mi DNI, respiré una vez… y la manilla de la puerta empezó a moverse desde fuera.
Parte 2
No pensé. Actué. Laura abrió un cajón, sacó una tarjeta y me la metió en la mano.
—Salida de personal, pasillo azul. No corras.
Me abrió una puerta interior y me empujó con cuidado, como quien saca a alguien de un incendio sin hacer ruido.
El pasillo olía a desinfectante y café recalentado. Caminé rápido, pero sin correr. Notaba el corazón en las sienes. Al llegar a una puerta de emergencia, escuché detrás de mí pasos y una voz conocida:
—¡Eh! ¿Dónde vas?
Me giré y vi a un auxiliar mirando con sospecha. No supe qué decir. Enseñé la tarjeta de Laura y solté lo primero que me salió:
—Me han mandado a Radiología… por aquí.
El auxiliar dudó, pero me dejó pasar. Crucé la salida lateral y me planté en la calle, con el aire frío dándome en la cara. Me alejé dos manzanas, me metí en una cafetería y pedí un vaso de agua. Mis manos también temblaban ya.
Saqué el móvil y llamé a Marta, mi hermana. No por drama, sino porque siempre ha sido la cabeza fría de la familia.
—Marta… necesito que me escuches. Creo que Sergio está usando mi identidad.
Hubo un silencio.
—¿Qué has hecho?
—Nada. Pero en el centro médico su foto salía junto a mi nombre. Y una alerta de suplantación.
—Vale. No vuelvas a la empresa hoy. Haz dos cosas: denuncia y prueba.
Colgué y busqué mi carpeta digital: contratos, correos, la solicitud de la analítica que Recursos Humanos me había enviado. Ahí estaba la primera pieza: el PDF no lo había mandado RR. HH., sino Sergio desde su correo personal, con el mismo formato copiado. Y el código de barras… no coincidía con el de otros años.
Volví a llamar al centro médico. Pedí hablar con Laura. Me dijeron que estaba atendiendo y que no podían pasarme. Diez minutos después, recibí un mensaje desde un número desconocido: “Soy Laura. No uses este chat para detalles. Ve a comisaría. Lleva tu DNI y ese PDF. Él lo hace con más gente.”
“Con más gente.” Esa frase me dejó sin saliva. No era solo yo. Era un patrón.
Fui directo a la comisaría. El inspector Ruiz me escuchó sin interrupciones, revisó el PDF, y me hizo una pregunta que me atravesó:
—¿Sergio tiene acceso a tus datos personales? ¿Copias de DNI, nóminas, historial laboral?
Pensé en la carpeta compartida de la empresa, en las veces que él “ayudaba” con trámites.
—Sí… demasiado.
Ruiz levantó la vista:
—Entonces no es una simple trampa. Puede ser fraude laboral y suplantación continuada. Y si hoy te acompañó… es porque quería controlar el resultado.
Parte 3
Salí de la comisaría con una mezcla rara: alivio por no estar loco y rabia por haber confiado. Ruiz pidió una orden para requerir al centro médico el registro de la solicitud y la foto asociada. Me advirtió:
—No lo enfrentes a solas. Si sospecha que lo has descubierto, puede borrar rastros o echarte la culpa.
Esa noche no dormí. Imaginé a Sergio usando mi nombre para cubrirse en exámenes, para firmar documentos, para dejarme a mí el marrón si algo salía mal. Al día siguiente, Marta vino a casa con una bolsa de comida y esa determinación suya que no acepta excusas.
—Te va a llamar. Te va a presionar. No caigas.
A media mañana, ocurrió. Sergio me llamó tres veces. No contesté. Luego llegó el mensaje: “¿Por qué te fuiste? Estás liándola. Ven a la oficina y lo arreglamos.” Me hervía la sangre, pero recordé la voz del inspector: no solo.
Dos días después, Ruiz me citó. Habían cruzado datos: en el sistema del centro médico había varias solicitudes con nombres distintos y la misma foto de Sergio. Personas jóvenes, temporales, con miedo a perder el trabajo. Gente como yo. El patrón era claro: él se colocaba como “acompañante”, presionaba para estar cerca y manipulaba trámites internos para obtener documentos. No era una película; era un abuso de poder de manual.
La empresa reaccionó cuando la policía pidió información. Recursos Humanos me citó con abogados. Yo llevé todo: correos, horarios, el PDF, capturas. Sergio intentó hacerse la víctima, dijo que era un error informático. Pero los “errores” no se repiten con la misma foto en distintos expedientes.
Semanas después, lo despidieron cautelarmente y el caso siguió su curso. Yo renové el contrato, sí, pero ya no era lo mismo: aprendí que la confianza sin límites se paga caro. Lo más duro fue pensar cuántos habrían callado por necesidad.
Hoy cuento esto porque sé que pasa más de lo que imaginamos: jefes que se aprovechan, trámites “urgentes”, documentos compartidos sin control. Si algo te suena familiar, te pido una cosa: no te calles. Guarda pruebas, pide ayuda, y habla con alguien de confianza.
Y ahora te lo pregunto a ti, de forma directa: ¿alguna vez has sentido que alguien usó tu nombre o tus datos para cubrirse? Si te ha pasado (o conoces un caso), cuéntalo en comentarios. Leer experiencias reales puede abrirle los ojos a otros… y quizá evitar que alguien más salga de una consulta con el corazón en la garganta.














