El bofetón sonó seco, como si alguien hubiera cerrado una puerta con rabia. Me quedé con la mejilla ardiendo y el orgullo hecho polvo. Raúl, mi padrastro, tenía los ojos inyectados y la mandíbula apretada.
—Te vas a Rusia. —escupió—. No me llames. No vengas. Se acabó.
Yo estaba en el pasillo del piso, con una mochila a medio cerrar y el móvil vibrándome en el bolsillo. Había vuelto tarde del trabajo; no esperaba encontrarlo despierto, ni mucho menos así. Mi madre, María, no aparecía por ningún lado. La casa olía a tabaco frío y a algo peor: miedo.
Me limpié la sangre del labio con el dorso de la mano. Intenté hablar, pero la garganta se me cerró. Raúl dio un paso hacia mí, demasiado cerca, como si quisiera recordarme quién mandaba.
—¿Lo has entendido? —dijo en voz baja—. Rusia. Allí nadie te conoce. Nadie te va a creer.
Entonces lo vi: un sobre abierto sobre la mesa, con mi nombre escrito a mano, y dentro una fotocopia de mi pasaporte. Él lo había tocado. Él había planeado algo. Se me heló la espalda.
Mi móvil vibró otra vez. Saqué la pantalla: mensajes desconocidos, números sin foto, un texto repetido como una amenaza coordinada: “No juegues. Haz lo que te dicen.” Luego una llamada. Contesté sin pensar.
—¿Eres Javier Ortega? —preguntó una voz de mujer, rápida—. No cuelgues. Tu madre está conmigo. Está bien… por ahora.
Se me cayó el estómago.
—¿Dónde está? —alcancé a decir.
La voz siguió, cortante:
—Si intentas denunciar, ella paga. Tienes un vuelo mañana. Moscú. ¿Entendido?
Miré a Raúl. Él sonrió, como si aquella llamada fuera su obra maestra.
—¿Qué le has hecho a mi madre? —susurré.
Raúl se encogió de hombros.
—Lo que tenía que hacer para callarte.
Me temblaron las manos. Tragué saliva y dije, sin apartar los ojos de él:
—Entendido… considéralo tu último deseo.
Raúl se rió. Y entonces, detrás de mí, la cerradura giró. La puerta se abrió despacio. Una silueta entró, jadeando… y escuché la voz de mi madre, rota:
—Javi… corre.
PARTE 2
Me giré y la vi: María, pálida, con un pañuelo atado a la muñeca como si hubiera intentado tapar una herida. No estaba sola. Un hombre alto, con chaqueta oscura y mirada de “esto ya se ha ido de las manos”, la sostenía por el codo. No parecía secuestrador; parecía… asustado.
—¿Quién es? —pregunté, sin moverme.
—Se llama Sergio —dijo mi madre—. Me ayudó a salir del coche.
Raúl frunció el ceño, pero no perdió la sonrisa. Era la sonrisa de alguien que cree que controla el tablero.
—María, cariño —dijo con voz suave—, dile a tu hijo que haga lo correcto. Que no complique las cosas.
Mi móvil volvió a vibrar. Otra llamada del número desconocido. La ignoré. Sergio sacó su propio teléfono y me lo mostró: pantalla grabando, una nota abierta con direcciones, horas, nombres.
—Javier —dijo Sergio—. No tengo mucho tiempo. Yo… trabajé con Raúl. En “transportes”. Pero esto ya no es transporte. Es trata. Y tu madre… la iban a usar para obligarte a firmar y callarte.
Sentí un mareo, como si el pasillo se inclinara.
—¿Firmar qué?
Sergio tragó saliva.
—Una cesión. Una empresa a tu nombre, cuentas, movimientos. “Rusia” era una palabra clave. No ibas a viajar por turismo. Te querían fuera y culpable.
Raúl dio un paso hacia Sergio.
—Cállate. No sabes con quién te metes.
Sergio levantó la mano, mostrando el móvil.
—Ya lo saben. Hay copia en la nube. Si me pasa algo, se envía solo.
Raúl se quedó quieto. Vi por primera vez algo distinto en sus ojos: cálculo… y una chispa de miedo. Mi madre se agarró a mi brazo con fuerza.
—Javi —susurró—. Yo no quería decirte nada porque… él me amenazó. Me dijo que si hablabas, te “mandaban lejos”. Que allí desaparece la gente.
Quise gritar, pero el sonido no salió. Respiré hondo, intentando pensar como cuando algo se rompe en el trabajo y hay que actuar rápido.
—Vale —dije—. No vamos a denunciar “a lo loco”. Vamos a hacerlo bien. ¿Qué pruebas tienes, Sergio?
Él me enseñó fotos de albaranes falsos, audios de Raúl, mensajes con “Moscú” y “entrega”, y un vídeo corto: Raúl contando dinero en nuestra cocina. Me ardió la cara, pero ya no por el golpe.
Raúl me miró, serio.
—Javier, esto se arregla. Tú firmas, tu madre y tú seguís aquí. Sin líos. Sin policía.
Me acerqué un paso, lo suficiente para que escuchara mi voz.
—No voy a firmar nada.
Su expresión cambió. No gritó. Solo dijo:
—Entonces tu madre se queda sin casa.
Fue ahí cuando entendí el verdadero plan: no era solo Rusia. Era aislarme, hundirme, dejarme solo para que aceptara lo que fuera.
Sergio señaló la puerta.
—Hay un coche abajo. Vamos a un sitio seguro. Ya hay un contacto listo para recibirlo todo.
Mi móvil vibró otra vez. Esta vez, el mensaje fue peor: “Última oportunidad. 23:00.”
Miré la hora: 22:41.
PARTE 3
Bajamos las escaleras sin ascensor, en silencio, con el corazón golpeándome las costillas. Sergio iba delante, vigilando, y mi madre caminaba pegada a mí. Al salir a la calle, el aire frío me devolvió un poco de claridad. Un coche viejo nos esperaba con el motor encendido. Dentro, una mujer con coleta, auricular y una calma que imponía respeto.
—Soy Lucía —dijo—. Unidad de delitos económicos. Sergio nos avisó hace dos horas. Subid.
Me quedé helado.
—¿Policía? —murmuré.
Lucía asintió.
—Pero discreta. Aquí no hacemos héroes, hacemos casos sólidos.
Sergio soltó el aire como si llevara meses conteniéndolo.
—Les dije que no podía seguir —dijo—. Y que el siguiente movimiento era “Moscú”.
Lucía abrió una carpeta en el asiento y me mostró una orden provisional.
—Javier, necesitamos que entiendas algo: si Raúl te “manda” a Rusia, no es un viaje. Es una coartada. Quieren mover dinero con tu nombre. Si te niegas, te presionan con tu madre. Por eso, hoy no se trata de pelear. Se trata de cerrarles la puerta.
Mi madre empezó a llorar, en silencio, como si por fin le permitieran hacerlo. Le apreté la mano.
—¿Qué hago? —pregunté.
—Vas a colaborar —dijo Lucía—. Responde a los mensajes como si fueras a ceder. Pídeles detalles: vuelo, asiento, quién recoge. Cada palabra cuenta.
Tragué saliva y escribí con los dedos temblorosos: “Ok. ¿Qué vuelo? ¿Quién me espera allí?” A los pocos segundos, llegó una respuesta con números de reserva y un nombre: “Viktor”. Otro mensaje: “Y tu madre se queda quieta.”
Lucía sonrió sin alegría.
—Perfecto. Ya tenemos a “Viktor” en radar.
En ese momento, mi móvil recibió una llamada. Era Raúl. Me miró como si pudiera verme a través de la pantalla. Contesté con la voz lo más neutra posible.
—¿Sí?
—Javier —dijo Raúl, suave—. Me gusta que hayas entrado en razón.
—Solo quiero que esto termine —respondí.
—Termina si haces lo que te digo.
Miré a Lucía. Ella asintió. Yo dije:
—Dime dónde firmo.
Raúl soltó una risa corta.
—En casa. Sube ahora. Solo tú.
Lucía cortó con un gesto.
—No. Vamos nosotros.
Lo siguiente fue rápido y frío: estacionamos a dos calles, subimos por la escalera trasera del edificio y entramos con una orden. No hubo golpes. No hubo héroes. Solo pruebas, cámaras, y Raúl, con la misma sonrisa, que se le fue borrando cuando vio a Lucía.
—Raúl González —dijo ella—. Queda detenido.
Cuando salimos, mi madre respiró como si el aire volviera a ser suyo. Yo me quedé mirando mi móvil apagado un segundo y pensé en aquella frase que solté sin saber si me salvaría: “Considéralo tu último deseo.” No era una amenaza. Era una decisión: no volvería a callar.
Si has leído hasta aquí: ¿tú qué habrías hecho en mi lugar? ¿Habrías fingido para ganar tiempo o lo habrías denunciado de inmediato? Déjalo en comentarios y, si quieres que cuente qué pasó después con el “Viktor” y la red, escribe “PARTE 2 REAL”.








