“¡Lárgate de mi casa!”, escupió él, y la maleta casi se me cayó de las manos. “Eres una perdedora… ni siquiera pudiste darme un hijo.” Sentí el aire cortarme el pecho, pero no lloré: lo miré a los ojos y susurré, “Algún día entenderás quién pierde de verdad.” Un mes después, cuando me vio donde jamás imaginó… su rostro se congeló. Y entonces, el pasado volvió a cobrar su precio.
Me llamo Lucía Martínez y todavía olía a hospital cuando Javier me abrió la puerta sin mirarme. En el pasillo, mis maletas ya estaban hechas. “Se acabó”, dijo. La pérdida me había dejado el cuerpo vacío. Él apretó la mandíbula y soltó: “Eres una fracasada… ni siquiera pudiste darme un hijo.”Quise gritarle que yo también…