Vendí mi granja para que mi hijo adoptivo llegara a la universidad. Años después, su esposa me clavó la mirada y soltó: “Me avergüenzas frente a mis amigas. Fuera”. Con la maleta en la entrada, él murmuró: “Ni siquiera eres mi madre real… no seas dramática”. Sentí el suelo hundirse, pero sonreí por dentro. Me fui sin mirar atrás… y esa noche, él descubriría quién era yo de verdad.
Me llamo Lucía Morales y durante treinta años mi vida fue la misma: amanecer en La Vega, mi pequeña finca en Andalucía, y trabajar la tierra con las manos agrietadas y el corazón terco. Cuando encontré a Mateo en un centro de acogida, tenía seis años y unos ojos enormes que pedían permiso para existir….