Desperté con el pitido constante de la unidad de cuidados intensivos y un sabor metálico en la garganta. Mis párpados temblaron, lo justo para verlos: mi marido y mis padres, sonriendo como si aquello fuera una celebración. —Todo va según lo planeado —murmuró mi marido. Mi madre soltó una risita. —Es demasiado ingenua para darse cuenta. Mi padre añadió, con una frialdad que me heló por dentro: —Asegúrate de que no pueda hablar. Una sensación gélida me recorrió las venas. Apreté los ojos con fuerza… bajé el ritmo de mi respiración… y dejé que mi cuerpo se aflojara, pesado, inerte. A los muertos no se les interroga… y yo también tengo planes para ellos.
Me desperté con el pitido constante de la UCI y un sabor metálico pegado a la lengua. Los párpados me temblaron, apenas lo suficiente para verlos: mi marido, Javier; mis padres, Marta y Andrés, inclinados sobre mí como si aquello fuera una celebración. Sonreían. Demasiado. —Todo va según el plan —murmuró Javier. Mi madre soltó…