Seis semanas después de que Mason me empujara a mí y a nuestro recién nacido en medio de aquella ventisca cegadora, su voz todavía me perseguía: “Vas a estar bien. Tú siempre sobrevives”. Ahora estoy de pie al fondo de su boda reluciente, con mi bebé cálido contra mi pecho, y un sobre sellado que me quema la palma como una advertencia. Mason se gira, me ve, y su sonrisa se resquebraja. —¿Qué haces aquí? —susurra con rabia. Me inclino hacia él y le murmuro: —Vengo a darte lo que olvidaste… y a recuperar lo que me robaste. Entonces la música se corta en seco. Y todas las miradas se vuelven hacia mí.
Seis semanas después de que Mateo me empujara a mí y a nuestro recién nacido fuera del coche, en medio de una ventisca que borraba la carretera, su voz seguía taladrándome la cabeza: “Vas a estar bien. Siempre sobrevives”. Aquella noche caminamos a trompicones hasta un área de servicio siguiendo las luces de un camión;…