Todavía escucho el susurro de mi suegra, Marta Roldán, justo cuando sus manos se clavan en mi espalda y me empuja hacia el borde del brocal. “Solo desaparece”, sisea, como si el viento del olivar pudiera tragarse mi nombre. Un segundo después, el mundo se rompe en un vértigo de piedras y sombra. Caigo por el interior del pozo seco de la finca, golpeándome hombros y caderas, hasta que aterrizo sobre tierra dura con un jadeo que sabe a polvo antiguo.
La oscuridad me envuelve. Toso, intento incorporarme, y mis dedos arañan la pared de piedra buscando alguna grieta. No hay agua; solo un olor a hierro y humedad vieja. Me aferro a la idea de que no debía estar aquí. Yo, Sofía Herrera, abogada de barrio en Jaén, había venido a la finca por un asunto simple: firmar la venta de unas hectáreas que mi marido, Diego, heredó de su padre. Marta insistió en hacerlo “en familia”, sin notarios ni testigos, en plena tarde de agosto.
Pero la tarde se torció cuando le dije que la venta debía pasar por el registro. Su sonrisa se congeló. Luego, el paseo “para enseñarme el pozo” y el empujón. Arriba, escucho pasos y el roce de una cuerda que no baja. Marta no quiere rescatarme. Quiere que parezca accidente.
Palpo el suelo a tientas. Entre cascotes, encuentro algo frío: una bisagra. Sigo la línea metálica y mi mano golpea hierro sólido. Un arcón enterrado a medias, cubierto de barro seco. Fuerzo la tapa con una piedra y un crujido responde como un disparo. La madera cede, y una luz dorada estalla cuando mi linterna del móvil, milagrosamente intacto, apunta dentro. La pantalla parpadea, pero tiene batería suficiente para una llamada: monedas antiguas, joyas, lingotes pequeños.
Bajo el brillo, hay un sobre amarillento. Lo abro con dedos temblorosos y leo un testamento quebradizo: “Quien encuentre este arcón será el heredero legal de todos mis bienes”. Arriba, la sombra de Marta se inclina sobre el brocal. Su voz cae como una cuerda cortada: “¿Funcionó?”. Yo sonrío en la oscuridad. “Mejor de lo que crees”.
No le respondí de inmediato. Levanté el móvil con cuidado y, antes de hablar, activé la grabadora. Mi pulso marcaba cada segundo como un martillo. “¿A qué te refieres con ‘funcionó’?”, dije, fingiendo pánico. Marta soltó una risita breve, nerviosa, que me confirmó algo que siempre había intuido: no era impulsiva, era calculadora. “Que nadie te encuentre, Sofía. Que parezca que te has caído tú sola. Como una torpe”, respondió, y el audio quedó atrapado en la memoria del teléfono. Con esa prueba, ya no era su palabra contra la mía.
Aproveché su vanidad. Le hablé del arcón sin mencionar el testamento, solo el oro. “Aquí abajo hay… cosas. Mucho dinero. Si me sacas, lo compartimos. Diego no tiene por qué saberlo”, solté, como quien ofrece un soborno desesperado. Desde arriba, el silencio duró lo suficiente para escuchar el canto de una chicharra. Después, Marta tragó saliva. “No toques nada”, ordenó. “Voy a buscar ayuda”. Sabía que mentía; iba a buscar cómo bajarse sin dejar huellas o cómo cerrar el brocal y marcharse.
No podía esperar. En la pared del pozo, a un metro del suelo, vi una oquedad que antes había pasado por alto. Metí el brazo y noté corriente de aire. Con esfuerzo, me encajé por el hueco: un antiguo conducto de mantenimiento, estrecho, lleno de piedras sueltas. Avancé a gatas, usando la luz tenue del móvil. Cada movimiento dolía, pero el miedo dolía más. Tras unos diez metros, el pasadizo desembocó en una galería baja, como un pequeño refugio de jornaleros, con latas oxidadas y una pala olvidada.
Allí encontré cobertura. Llamé a Diego. “Estoy viva. Tu madre me ha empujado al pozo”, dije sin rodeos. Él balbuceó que era imposible, que Marta estaba con él en el pueblo… y entendí: ella había calculado la coartada. Le envié el audio y mi ubicación aproximada. “Llama a la Guardia Civil ahora. No discutas. Si tardas, me remata”, añadí.
Mientras esperaba, leí el testamento completo. Estaba firmado por Emilio Roldán, el abuelo de Diego, y fechado pocos meses antes de morir. Reconocí el formato: era válido si se había protocolizado, pero incluso como documento privado podía abrir una investigación sucesoria. Marta había querido borrarme del mapa antes de que yo viera aquello.
Oí piedras caer en el pozo. Marta estaba de vuelta, y esta vez, el sonido de una escalera metálica raspando la piedra me dijo que no venía a rescatarme, sino a bajar.
Apagué la linterna y me pegué a la pared de la galería, respirando por la nariz para no delatarme. El sonido de la escalera continuó, metálico y paciente, hasta que se detuvo con un golpe sordo. Marta habló sola, como si ya hubiera ganado: “Un accidente, eso diré. Nadie te va a creer”. Sus pasos resonaron en el suelo del pozo, y el haz de una linterna barrió la entrada del conducto por donde yo había escapado.
Me obligué a pensar como abogada, no como víctima. Activé el altavoz del móvil, marqué el 062 y dejé la llamada abierta sin hablar, para que quedara registro de ambiente. Luego, desde mi escondite, empujé una piedra suelta que rodó hacia el pozo. Marta giró la cabeza. “¿Dónde estás?”, gritó, y su voz tembló por primera vez. Se acercó al hueco del conducto, metió el brazo, y en ese instante escuché, arriba, otro sonido: motores sobre la tierra, puertas que se cierran, voces de hombres.
“¡Guardia Civil!”, retumbó desde el brocal.
La escena se congeló. Marta se quedó inmóvil, con medio cuerpo inclinado, como una persona sorprendida robando. “Estoy aquí abajo, pero estoy bien”, grité. Dos agentes bajaron con arnés. Uno de ellos, el sargento Morales, me preguntó si podía caminar; asentí, aunque me dolía cada costilla. Mientras me ayudaban a salir por el pasadizo, otro agente subió por la escalera y detuvo a Marta. No opuso resistencia; solo repetía que yo estaba “histérica”. Diego llegó pálido, con los ojos húmedos, y cuando le reproduje el audio, se le cayó el mundo. No dijo nada. Solo se apartó de su madre.
En el cuartel, declaré, entregué el testamento y señalé el arcón. Un notario de guardia y un perito documentaron todo; el oro quedó custodiado mientras se abría la investigación. Semanas después, el juzgado dictó una orden de alejamiento para Marta y, con el asesoramiento correcto, inicié la separación. No por venganza, sino por supervivencia. Diego, por primera vez, dejó de proteger excusas y empezó a proteger la verdad.
A veces pienso en ese pozo como una frontera: la versión de mí que se callaba quedó allí abajo. Si esta historia te ha removido algo, cuéntame en comentarios qué habrías hecho tú: ¿habrías denunciado de inmediato, o intentarías negociar como hice yo? Y si conoces a alguien en España que esté viviendo una situación familiar tóxica, compártele este relato; hablarlo a tiempo puede salvar más de una vida.






