Volví a la playa donde despedí a mi esposo hace once años, convencida de que el pasado estaba enterrado con sus cenizas. Entonces lo vi. Mismo rostro. Misma forma de caminar. Se detuvo frente a mí y susurró: “No confíes en lo que te dijeron sobre mi muerte”. Sentí que el mundo se abría bajo mis pies cuando deslizó una nota en mi mano. Aún no me atrevo a leer la última línea.
Regresé a la playa de San Telmo once años después de haber esparcido allí las cenizas de mi esposo, Javier Morales. No volví antes porque necesitaba creer que ese lugar pertenecía al pasado, a una etapa cerrada con dolor, papeles oficiales y un certificado de defunción que nunca cuestioné. Fui esa mañana porque mi terapeuta…