Regresé a la playa de San Telmo once años después de haber esparcido allí las cenizas de mi esposo, Javier Morales. No volví antes porque necesitaba creer que ese lugar pertenecía al pasado, a una etapa cerrada con dolor, papeles oficiales y un certificado de defunción que nunca cuestioné. Fui esa mañana porque mi terapeuta insistía en que enfrentar los recuerdos podía ayudarme a dejar de tener pesadillas recurrentes con el hospital, las máquinas y aquella llamada urgente que cambió mi vida.
Caminé despacio por la orilla, con el sonido constante de las olas y el viento frío de febrero golpeándome el rostro. Todo seguía casi igual: el viejo chiringuito, las rocas donde Javier se sentaba a mirar el atardecer, incluso el banco de madera donde solíamos discutir tonterías y hacer las paces minutos después. Me detuve allí, respirando hondo, repitiéndome que solo era un ejercicio emocional, nada más.
Entonces lo vi.
Un hombre salía del paseo marítimo y bajaba hacia la arena. Llevaba una chaqueta oscura, vaqueros y caminaba con una ligera cojera en la pierna izquierda. Mi estómago se cerró de golpe. Javier había quedado con esa misma cojera después de un accidente de moto años antes de “morir”. Intenté convencerme de que era coincidencia, que la mente ve lo que quiere ver cuando está cargada de recuerdos.
Pero cuando se acercó más, el parecido me dejó sin aire. No era idéntico, pero sí lo suficiente para que la sangre me zumbará en los oídos. Se detuvo a unos metros, me miró fijamente y dijo con voz baja y tensa:
—Marina… no tenemos mucho tiempo.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Ese hombre sabía mi nombre, y la forma en que lo pronunció era exactamente igual a como lo hacía mi esposo cuando estaba preocupado.
Parte 2
No grité. No corrí. Me quedé inmóvil, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper una realidad que apenas lograba comprender. Lo miré de arriba abajo, buscando una prueba definitiva de que estaba equivocada. Tenía más arrugas, el cabello más corto y algunas canas, pero los ojos… los ojos eran los de Javier.
—Esto no tiene gracia —logré decir, con la voz temblando—. Sea quien sea, se está equivocando de persona.
El hombre dio un paso más cerca, con cautela, como si temiera que yo saliera huyendo.
—Marina, mírame bien. Sé que es difícil, pero necesito que escuches antes de que te vayas.
Negué con la cabeza. Durante once años había llorado a mi marido, había hecho terapia, había aprendido a vivir sola. Había ordenado su ropa, firmado documentos, hablado con abogados. Nada de eso podía ser mentira.
—Javier murió —dije con firmeza—. Yo vi el informe. Hablé con los médicos.
Él apretó la mandíbula.
—No morí en ese hospital. Me obligaron a desaparecer.
Sus palabras no tenían nada de místico ni fantasioso; sonaban prácticas, casi legales, y eso me inquietó más que cualquier delirio. Me explicó, con frases cortas, que trabajaba como contable externo para una empresa de transporte investigada por fraude fiscal y blanqueo. Había descubierto movimientos de dinero vinculados a personas peligrosas. Según él, aceptó colaborar con una investigación, pero algo salió mal y lo presionaron para “morir” oficialmente y entrar en un programa de protección de testigos.
—Te juré que nunca te mentiría —dijo, con los ojos húmedos—, pero no me dejaron contactarte. Era eso o arriesgar tu vida.
Quise odiarlo, insultarlo, golpearlo. En cambio, solo pude susurrar:
—¿Y ahora por qué estás aquí?
Sacó un sobre arrugado del bolsillo interior de su chaqueta.
—Porque el caso se cerró. Y porque nunca dejé de pensar en ti.
Parte 3
No tomé el sobre de inmediato. Miraba ese rectángulo de papel como si pesara toneladas. Dentro podía haber documentos, una carta, pruebas… o simplemente otra mentira. A mi alrededor, la playa seguía su ritmo normal: una mujer paseando a su perro, una pareja de jubilados caminando de la mano, un niño intentando volar una cometa sin viento suficiente. El mundo no se había detenido, aunque el mío acababa de fracturarse.
—Once años, Javier —dije al fin—. Once años pensando que estabas bajo esta arena.
—Lo sé —respondió, con una culpa tan visible que dolía—. Si hubiera habido otra opción, la habría tomado.
Tomé el sobre con manos frías. Dentro había copias de resoluciones judiciales, sellos oficiales, nombres tachados, fechas que coincidían exactamente con el día de su supuesta muerte. No entendía todos los detalles legales, pero sí lo suficiente para ver que no era una historia improvisada. Había firmas, números de caso, referencias a un programa estatal de protección.
—¿Qué se supone que haga con esto? —pregunté—. ¿Volver a empezar contigo como si nada?
Negó lentamente.
—No te pido eso. Solo quería que supieras la verdad. Que no pienses que te abandoné por elección.
Nos quedamos en silencio, con el mar de fondo y once años de ausencia entre los dos. No sabía si podía perdonarlo, si quería verlo de nuevo o si lo más sano era cerrar esa puerta para siempre, ahora sí con toda la información sobre la mesa.
Me fui de la playa con el sobre en el bolso y un torbellino en la cabeza. La verdad no trajo paz inmediata, solo más preguntas sobre el amor, la lealtad y los límites del miedo.
Si estuvieras en mi lugar, ¿querrías volver a hablar con él o preferirías dejar el pasado donde estaba? Me interesa saber cómo lo verías tú.








