Después del funeral de mi hija, acepté un trabajo en una tintorería para no derrumbarme. Una tarde, el cliente de los trajes caros se inclinó hacia mí y susurró: “Tu hija no murió como te dijeron.” Me deslizó una tarjeta y apretó mi muñeca: “Si alguien pregunta, nunca hablamos.” El papel temblaba en mi mano… y en el reverso vi una dirección y una hora para esta noche. ¿A quién le estoy creyendo?
Después del funeral de mi hija Lucía, acepté un turno fijo en la tintorería “Brillo” para no quedarme sola con el silencio. Me llamo Ana Morales y, desde que la enterré, el tiempo se volvió una fila de prendas sin dueño: camisas, abrigos, vestidos de boda que olían a futuro ajeno. Yo planchaba, cobraba y…