Un niño descalzo, vestido con ropa raída, se deslizó dentro de una joyería de lujo y, en silencio, volcó miles de monedas frías sobre el mostrador de vidrio pulido. Un guardia de seguridad avanzó para sacarlo a rastras, convencido de que la pobreza del niño era una afrenta para la clientela adinerada… hasta que el gerente de la tienda intervino, paralizado por las palabras que el niño acababa de pronunciar.
El niño entró descalzo, con los pies ennegrecidos por el polvo de la calle y una camiseta tan gastada que apenas conservaba el color original. Nadie reparó en él al principio; la joyería “Hermanos Castillo”, en pleno centro de Madrid, estaba acostumbrada a clientes con trajes caros, perfumes intensos y miradas seguras. El contraste era…