Me llamo Lucía Ortega, tengo 34 años y juré que no volvería a poner un pie en el taller de Javier. Un año. Doce meses desde el funeral, desde el ataúd cerrado, desde las condolencias repetidas como un disco roto: “Era un hombre trabajador, Lucía”. Hoy, sin embargo, estaba allí, en el polígono de Vallecas, con una llave vieja que nunca tuve corazón para tirar. No era nostalgia romántica; era rabia mezclada con preguntas. La gestoría me había enviado un aviso: consumo eléctrico anómalo en un local “inactivo”. Inactivo, decían. Como si mi vida también lo estuviera.
Empujé la persiana a medias, el metal chilló, y el aire me golpeó con olor a aceite y hierro. “Solo un minuto…”, me susurré, más para no salir corriendo que para convencerme. Di dos pasos y vi el cuadro eléctrico. La palanca estaba abajo. La subí.
La luz blanca se encendió… y con ella, el sonido que me partió el cuerpo: un zumbido constante, el latido mecánico de máquinas trabajando.
Me acerqué con el móvil en la mano, iluminando pasillos de herramientas cubiertas de polvo. Pero el polvo no estaba intacto: había huellas recientes, cajas movidas, un camino de pisadas en el suelo. En la mesa de Javier, donde yo había dejado su taza favorita, ahora había un cuaderno. Lo abrí y me quedé helada: “LUCÍA” escrito en mayúsculas en la primera página, como si alguien me hubiera estado esperando.
Al fondo, detrás de una mampara, se oían golpes rítmicos y chispas. Tragué saliva. “¿Quién está ahí?”, grité, intentando que la voz no me temblara. El ruido se detuvo un segundo, luego siguió, como un desafío. Caminé rápido, con el corazón en la garganta, y aparté la cortina de plástico.
Allí, bajo la luz industrial, vi una figura con mono azul, guantes, la espalda inclinada sobre el torno. El hombre se giró despacio, como si supiera exactamente el efecto que iba a causar. Me quedé sin aire.
“Lucía…”, dijo, y su voz era la misma que yo había llorado durante un año.
Era Javier. Vivo.
PARTE 2
Me apoyé en la pared para no caer. El mundo se me hizo pequeño, como si todo el taller se hubiera encogido hasta caber en ese segundo. “No… tú estás muerto”, logré decir, y me odié por lo frágil que sonó. Javier no sonrió; hizo un gesto rápido, casi suplicante. “Baja la voz. Por favor.” Se quitó los guantes y los dejó con cuidado, como si todavía tuviera manías de orden. Eso, precisamente eso, me dio ganas de gritarle.
“¿Qué clase de monstruo…?” La frase se me rompió. “Te enterré. Te lloré. Tu madre me miraba como si yo respirara por ti.”
Javier tragó saliva. “No podía quedarme. Me estaban hundiendo.”
“¿Quién?”
“Gente a la que le debía dinero. Y no eran bancos, Lucía.” Se pasó la mano por el pelo, más largo, descuidado. “Firmé cosas que no debía. Pedidos ‘fantasma’. Facturas falsas. Me utilizaron. Si no desaparecía, me mataban.”
Di un paso hacia él, temblando de ira. “¿Y tu solución fue matarme a mí? Porque a mí me mataste. Me dejaste sola con la deuda, con el duelo, con la vergüenza.”
“No quería que lo supieras.”
“¡Claro! Mejor convertirme en viuda oficial.”
Javier miró hacia la puerta. “No estoy solo.”
Sentí un escalofrío real, no imaginado. “¿Qué?”
De entre las sombras apareció un hombre robusto, barba recortada, chaqueta de cuero. “Tranquila, Lucía. Soy Mateo Rivas”, dijo con un tono que pretendía ser amable. “Yo era el socio de Javier. O, mejor dicho, el que pagaba el silencio.”
“¿Socio?” repetí, y la palabra me supo a traición.
Mateo señaló el torno, las cajas, las piezas recién cortadas. “¿Ves esto? No es un taller romántico de barrio. Es producción. Encargos rápidos. Sin preguntas. Y tu marido… era bueno.”
Javier se interpuso. “No la metas en esto.”
Mateo soltó una risa corta. “Ya está dentro. Ha entrado, ha visto, ha oído. ¿Crees que puede irse a su casa y hacer como si nada?”
Mi móvil vibró en la mano. Había grabado sin darme cuenta, la cámara apuntando a sus caras. Mateo lo vio. Sus ojos cambiaron. “Dame eso.”
Instintivamente lo escondí detrás de la espalda. “Ni se te ocurra tocarme.”
Mateo dio un paso, Javier otro. “Lucía, por favor…”, dijo Javier, desesperado. “Si se entera la policía, nos cae todo. A mí, a ti… van a pensar que lo sabías.”
“¿Que lo sabía?” me reí, con una risa que no me reconocí. “¿Sabes lo que van a pensar? Que soy una idiota. Que me usaste.”
Mateo extendió la mano, ya sin disfraz de cortesía. “Última vez: el móvil.”
El zumbido de las máquinas seguía, ajeno a mi vida, como un corazón artificial. Yo di un paso atrás y choqué con la mesa. El cuaderno cayó al suelo abierto por una página marcada: planos, cifras, fechas… y una frase escrita con la letra de Javier: “Si Lucía entra, no debe salir con pruebas.”
PARTE 3
El aire se me quedó clavado en el pecho. Miré a Javier como si fuera un desconocido. “¿Eso lo escribiste tú?” La voz me salió baja, peligrosa. Javier palideció. “Lucía, no… eso es—”
“Es tu letra.” Señalé el cuaderno con el pie, sin apartar los ojos de Mateo. “¿Tu plan era que yo no saliera?”
Mateo se encogió de hombros. “No dramatices. Era una forma de hablar.”
“¿De hablar?” Sentí un pulso frío en la nuca: la claridad brutal de entender que no estaba en una discusión matrimonial, sino en un lugar donde la gente desaparece de verdad.
Javier levantó las manos. “Escúchame. Cuando fingí mi muerte, pensé que era temporal. Dos meses. Tres. Luego te sacaba de Madrid, cambiábamos de vida.”
“¿Y por qué no volviste?”
Porque Mateo respondió por él: “Porque el muerto es más útil vivo en secreto. Si Javier reaparece, saltan seguros, herencias, denuncias. Pero si se mantiene escondido, produce.”
Me ardieron los ojos. “Así que mi duelo fue parte del negocio.”
Javier susurró: “No quería hacerte daño.”
“Lo hiciste. Y aún lo estás haciendo.”
Mateo dio otro paso hacia mí. “Se acabó. Dame el móvil y nos evitamos sustos.”
Yo respiré hondo, como cuando era niña y me enseñaban a no llorar en público. Abrí la mano despacio… y lo lancé con todas mis fuerzas hacia el suelo, pero no para romperlo: para activar la función que había preparado por instinto mientras retrocedía. El teléfono rebotó, la pantalla se agrietó, y aun así se escuchó el sonido más hermoso del mundo: “Enviando…”. Había compartido el vídeo y la ubicación a mi amiga Sara, y al abogado del seguro que me estaba presionando desde hacía meses.
Mateo me agarró del brazo. Dolió. Javier se abalanzó. “¡Suéltala!” Hubo un forcejeo torpe, golpes contra el banco de trabajo, una caja que cayó y se abrió como una confesión: piezas metálicas con números limados, etiquetas falsas. Todo ilegal, todo documentable. Me zafé y corrí hacia la puerta, pero Mateo me alcanzó y me empujó contra la persiana medio subida.
En ese segundo, Javier me miró a los ojos y vi algo que me revolvió más que el miedo: culpa mezclada con cálculo. “Lucía, si sales, nos destruyes a todos”, dijo.
“Exacto”, respondí, sin reconocerme. “A todos.”
Y entonces sonó, a lo lejos, lo que jamás había querido oír en ese lugar: sirenas. Mateo me soltó como si quemara. Javier se quedó inmóvil, derrotado. Yo salí a trompicones, con el brazo marcado, el corazón hecho trizas, pero viva. Cuando los agentes entraron, yo ya estaba en la acera, temblando, mirando el taller como si fuera una tumba al revés: un sitio donde el muerto respiraba y la viuda aprendía a no pedir permiso.
Ahora dime algo, de verdad: ¿tú qué harías en mi lugar? ¿Lo denunciarías hasta el final, aunque implique a la familia y destroce lo poco que queda, o intentarías un acuerdo para salir ilesa? Si quieres, escribe “DENUNCIA” o “ACUERDO” y cuéntame tu razón: en España, esta decisión te puede cambiar la vida.




