Estoy de ocho meses de embarazo. Mi marido me dio una bofetada y luego me vació un cuenco de sopa hirviendo sobre la cabeza porque olvidé echarle sal. “Inútil”, me gritó. No lloré. No supliqué. Ya había aguantado demasiado. Mientras la sopa me chorreaba por la cara, algo dentro de mí se volvió frío… y cristalino. Aquello no fue mi punto de quiebre. Fue el instante en que decidí elegir un final distinto.
A los ocho meses de embarazo me movía despacio, como si cada paso llevara el peso de dos vidas. Me llamo Lucía Morales y esa tarde, en el piso de Vallecas, olvidé poner sal en la sopa. Fue un descuido mínimo, pero con Javier Ortega los descuidos se pagaban caro. Llegó del trabajo con la…