Me llamo Lucía, tengo 32 años y llevaba una vida “normal” en Valencia… hasta aquel jueves. Salí del trabajo tarde, agotada, y paré en una cafetería pequeña cerca del metro. Mientras esperaba mi latte, vi a una chica joven sentada en la acera, con una manta fina y las manos rojas del frío. No tendría más de veinte años. Nadie la miraba. Yo tampoco suelo mirar, si soy honesta… pero ese día algo me apretó el pecho. Me acerqué, le di 10 euros y le dije: “Toma, cómprate algo caliente”.
Ella levantó la cabeza despacio. Tenía los ojos verdes, enormes, como si llevara semanas sin dormir. Me agarró la muñeca con fuerza, casi dolor, y susurró: “No te bebas el café. Tu marido ha puesto algo.”
Me quedé helada. “¿Qué dices? ¿Cómo sabes…?” No me dejó terminar. Metió una mano en el bolsillo de su chaqueta y me puso un papel doblado en la palma. Lo apretó como si fuera una granada. “Léelo sola. No confíes en nadie.” Y, sin más, se levantó y se perdió entre la gente con una rapidez imposible para alguien “sin fuerzas”.
Volví a la barra con el corazón golpeándome la garganta. El café me esperaba, humeante, perfecto. Lo miré como si fuera veneno. Sonreí al camarero, agarré el vaso… y lo tiré en la papelera del baño. En el cubículo abrí la nota: “Él lo hace con tu café. Lo hizo antes. Hoy te toca. No lo bebas.” No había firma.
Salí temblando. Llamé a Javier, mi marido, con una excusa: “Estoy con dolor de estómago, voy a casa”. Su voz sonó amable, demasiado amable. “Claro, amor. Descansa.”
En casa lo encontré en la cocina, como si me esperara. Me besó la mejilla y dijo: “Te veo pálida. ¿Quieres un café? Te hago uno.”
Lo miré fijamente. “No. Quiero que me respondas una cosa.” Mi voz no parecía la mía. “¿Qué le pones a mi café por las mañanas?”
Javier se quedó quieto un segundo… y después sonrió. “¿Otra vez con tus dramas, Lucía?”
Abrí el cajón y saqué mi vaso reutilizable, el que uso cada día. “No estoy bromeando. ¿Qué le pusiste?”
Entonces él hizo algo que me dejó sin aire: sirvió café en mi taza, lo levantó y, mirándome a los ojos, bebió un trago largo.
Y en ese mismo instante… empezó a toser como si se le cerrara la garganta.
PARTE 2
La tos de Javier no fue una tos normal. Fue seca, violenta, como si intentara expulsar algo que no podía. Se apoyó en la encimera, la cara cambiándole de color. Yo no corrí a ayudarlo; me quedé clavada, con la taza en la mano, mirando cada detalle: sus dedos temblando, su orgullo intentando mantenerse de pie, y esa rabia contenida detrás de los ojos.
“¿Qué… has… hecho?” logró decir entre jadeos.
“Yo nada”, respondí, y me sorprendió lo fría que soné. “El café lo hiciste tú.”
Se enderezó poco a poco. No se desmayó, no se murió. Solo respiró con dificultad y se sirvió agua. Esa reacción me dio una pista: no era veneno letal, era algo diseñado para debilitar. Algo que, en dosis pequeñas, no mata, pero te deja torpe, somnolienta, vulnerable.
“Lucía, estás paranoica”, dijo al fin, con voz ronca. “Seguro que esa chica te metió miedo para sacarte dinero.”
La rabia me subió como fuego. “Me dio una nota. Y tú acabas de confirmar que había algo, Javier. ¿Por qué te atragantas si no hay nada?”
Su mandíbula se tensó. Por primera vez en años, vi un Javier que no actuaba. “Porque… porque hoy me equivoqué de bote”, soltó, y se dio cuenta tarde de lo que había dicho.
Me acerqué al armario donde guardábamos suplementos, pastillas para el gimnasio, vitaminas. Lo abrí. Todo parecía ordenado, demasiado. Empecé a sacar frascos. Él intentó detenerme. “¡Déjalo!”
“¡No me toques!” grité. Y ahí se rompió algo entre nosotros.
En la esquina trasera encontré un botecito sin etiqueta, pequeño, con cápsulas blancas. Lo olí: no olía a nada.
“¿Qué es esto?”
Javier tragó saliva. “Es… para dormir. A veces no puedo descansar.”
“¿Y por qué está escondido?”
Silencio. Un silencio pesado, culpable.
Me fui al dormitorio, cogí mi móvil y llamé a mi amiga Claudia, que trabaja en una clínica. Le dije que necesitaba analizar algo “por un problema familiar”. Ella me citó esa misma noche.
Javier me siguió por el pasillo, cambiando el tono, poniéndose dulce: “Lucía, por favor, hablemos. Estás exagerando. Te amo.”
Me giré. “Si me amaras, no jugarías con mi cuerpo.”
En la clínica, Claudia miró las cápsulas, levantó una ceja y solo dijo: “Esto no es un somnífero normal. Es un sedante de uso controlado.” Me explicó lo básico: en pequeñas dosis, te ralentiza; mezclado con cafeína, puede disimularse al principio, y luego te cae de golpe.
Me faltó el aire. “¿Para qué querría alguien sedarme… todos los días?”
Claudia me miró con pena. “Para que no recuerdes. Para que no reacciones. Para que parezca un accidente.”
Volví a casa con una idea fija: no iba a discutir más. Iba a reunir pruebas.
Cuando abrí la puerta, escuché a Javier hablando por teléfono en la cocina. Su voz era baja, urgente. Me detuve en el pasillo, sin hacer ruido.
“Sí… mañana es perfecto”, decía. “Con el sedante, no se entera de nada… y firmará.”
Mi sangre se congeló. ¿Firmará qué?
Y entonces escuché lo peor: “Después, la sacamos de en medio.”
PARTE 3
Me tapé la boca para no soltar un grito. Di un paso atrás y mi tacón rozó el suelo. Javier se quedó en silencio al otro lado de la pared. “¿Lucía?” llamó, con una calma falsa. “¿Ya llegaste, amor?”
Respiré hondo. Si me enfrentaba en ese instante, perdía. Así que fingí: “Sí, estoy cansada. Voy a ducharme.”
Me encerré en el baño y, con manos temblorosas, activé la grabadora del móvil y la dejé grabando en el bolsillo de mi bata. Salí y fui a la cocina. Javier estaba allí, como un actor preparado para su escena. “¿Te hago una infusión?”
“Vale”, dije, mirándolo fijo. “Pero antes… mañana me pediste que firmara algo. ¿Qué era?”
Él parpadeó rápido. “¿Qué? No sé de qué hablas.”
Me apoyé en la encimera, como si fuera una conversación casual. “Escuché tu llamada. Dijiste que ‘firmaría’ y que luego me sacarían de en medio.”
La máscara se le cayó un segundo. Lo vi: el cálculo, el miedo, la rabia. Luego intentó recuperarse. “Estás oyendo cosas.”
Saqué el bote sin etiqueta y lo puse frente a él. “Claudia lo analizó. Sedante controlado. ¿Quieres seguir mintiendo?”
Javier apretó los puños. “No entiendes nada, Lucía.”
“Explícamelo.”
Se echó a reír, una risa amarga. “¿Sabes lo caro que es mantener esta vida? Tu trabajo, tu sueldo… era lo único estable. Yo solo necesitaba que estuvieras… tranquila. Y sí, mañana ibas a firmar una cesión. Un papel para un préstamo. Con tu firma, todo salía.”
Me temblaron las rodillas. “¿Me sedabas para que firmara sin leer?”
Bajó la voz, acercándose. “No iba a hacerte daño… si colaborabas.”
Esa frase me devolvió el control. Porque no era amor, era amenaza.
Me aparté y, sin que se diera cuenta, pulsé el botón del móvil para guardar la grabación. “Perfecto. Gracias por confesar.”
Javier se quedó quieto. “¿Qué has hecho?”
“Lo que debí hacer desde el principio.” Caminé hacia la puerta. “Voy a la policía. Y mañana no firmo nada. Y nunca más vuelves a tocar mi café.”
Intentó agarrarme del brazo, pero ya estaba lista: grité tan fuerte que los vecinos golpearon la pared. Él retrocedió, nervioso. Aproveché y salí.
Esa noche presenté denuncia, entregué el bote y la grabación. También pedí una orden de alejamiento. Días después, supe que había una deuda enorme y que planeaba usar mi firma para cubrirla.
Y la chica sin hogar… la volví a ver una semana después, cerca del mismo metro. Le di las gracias y le pregunté por qué me ayudó. Solo dijo: “Porque a mí nadie me avisó.”
Si llegaste hasta aquí: ¿tú qué habrías hecho en mi lugar? ¿Lo enfrentarías de inmediato o juntarías pruebas como yo? Déjalo en comentarios y comparte esta historia con alguien que necesite leerla.








