Mientras mi esposo estaba de viaje de negocios una semana, moví su ficus “intocable”. La maceta se me resbaló y explotó en el suelo. Dentro, envuelto en cinta, había un sobre manchado y una llave diminuta. “¿Qué demonios es esto…?”, susurré. En ese instante sonó su mensaje de voz: “Si la maceta se rompe, no leas nada”. Me temblaron las manos… y aun así la abrí. Lo que vi no podía ser mío.

Cuando Javier se fue a Bilbao por una semana de reuniones, el piso se me quedó enorme y silencioso. Yo, Lucía Morales, aproveché para reorganizar el salón: necesitaba espacio para montar un rincón de trabajo y, de paso, dejar de tropezar con el ficus gigante que él adoraba como si fuera un hijo. “No lo muevas, por favor”, me había dicho antes de salir, casi suplicando. Me reí, pensando que exageraba.

El tercer día, con música puesta y las ventanas abiertas, arrastré la maceta unos centímetros. Era más pesada de lo que parecía. El borde rozó la alfombra, se inclinó, y en un segundo se me escurrió de las manos. La cerámica golpeó el suelo con un estallido seco: tierra, raíces y trozos por todas partes. Me quedé congelada. “Javier me mata”, murmuré.

Me arrodillé para recoger el desastre y noté algo raro: entre la tierra había un bulto envuelto en plástico negro, sujeto con cinta americana. No tenía sentido. Lo saqué con cuidado, limpiándome las manos en la camiseta. Pesaba poco, pero rígido. La cinta estaba gastada, como si lo hubieran escondido allí hace tiempo. Con una tijera, corté una esquina del plástico y vi un sobre manchado, sin remitente, y una llavecita metálica, de esas de candado pequeño.

Sentí un nudo en el estómago. Mi primer impulso fue volver a enterrarlo y fingir que no había visto nada. Pero la curiosidad me ganó. Abrí el sobre: dentro había fotocopias de transferencias bancarias a nombre de una tal “María Rivas”, y una hoja con un número de caja de seguridad y una dirección en el centro de Madrid. También había una foto: Javier, serio, entrando a un banco con una mujer morena a su lado. No era yo.

En ese instante, el móvil vibró. Era un audio de Javier. Lo reproduje, esperando un “¿cómo va todo?”. Su voz sonó baja, tensa: “Lucía… si por lo que sea la maceta se cae y encuentras algo, no lo abras. Te lo pido. Lo hablamos cuando vuelva”. Se me secó la boca. Miré la foto otra vez y susurré: “¿Quién es María?”. Y, sin pensarlo, marqué el número del banco.

Parte 2

Contestó una operadora amable, pero cuando mencioné “caja de seguridad” y la dirección, su tono cambió a profesional y distante. “Señora, esa información solo puede confirmarla el titular con identificación”, dijo. “Soy su esposa”, respondí, y me oí a mí misma demasiado firme. La mujer repitió el protocolo y colgó con educación. Me quedé mirando el ficus desparramado como si fuera una escena del crimen.

No dormí. A la mañana siguiente pedí un Uber y guardé el sobre y la llave en el bolsillo interno del abrigo. En el trayecto, mi cabeza hacía cuentas: transferencias mensuales, cantidades redondas, siempre el mismo concepto: “servicios”. ¿Servicios de qué? ¿A quién? La foto era reciente; Javier llevaba la chaqueta azul que compramos en Navidad.

Llegué a la sucursal indicada. Me temblaban las rodillas, pero entré con la barbilla alta. En la mesa de recepción, pedí hablar con el director. “Es un asunto familiar”, dije. Un hombre de traje, Sergio, me recibió en un despacho. Le enseñé la foto, las transferencias y la llave. “No puedo abrir una caja sin el titular”, insistió, pero su mirada se quedó pegada en el número de caja. Reconocía esos papeles. “¿Está usted segura de que quiere meterse en esto?”, preguntó, bajando la voz. Eso me encendió más.

“Solo quiero la verdad”, dije. Sergio suspiró y propuso una salida: “Si el titular autoriza por llamada con clave, podría…”. En ese momento mi teléfono sonó: Javier. Lo dejé sonar dos veces y contesté. “¿Dónde estás?”, preguntó, sin saludo. “En Madrid”, dije. Hubo un silencio pesado. “Lucía, te lo dije. No abras nada. No vayas a ese banco.” “Ya estoy aquí”, respondí, y escuché cómo contenía el aire.

“Eso no es lo que parece”, soltó, atropellado. “María es… alguien a quien estoy ayudando.” “¿Ayudando con transferencias secretas y una caja de seguridad?”, repliqué. Sergio fingía revisar papeles, pero yo notaba su tensión. Javier cambió de tono, más duro: “Te estás poniendo en peligro, ¿me entiendes? Sal de ahí. Ahora.”

La palabra “peligro” me clavó. No era un drama de celos; era miedo real. “¿Qué hiciste, Javier?”, pregunté. Y entonces escuché otra voz al fondo, femenina, impaciente: “Dile que cuelgue.” Mi sangre se heló. Javier susurró: “Lucía, por favor… confía en mí una vez más.”

Colgué sin responder. Sergio me miró como si acabara de cruzar una línea invisible. “Señora, voy a ser claro: esa caja está asociada a una investigación interna. Si usted insiste, podría quedar registrada su visita.” “¿Investigación de qué?”, exigí. Sergio tragó saliva. “De fraude. Y quizá de algo peor.”

Parte 3

Me apoyé en el respaldo de la silla para no caer. Fraude. La foto, el sobre, la llave… y Javier pidiéndome que no mirara. De pronto recordé detalles que había ignorado: llamadas cortas que él hacía en el balcón, viajes “improvisados”, el nerviosismo cuando llegaban cartas del banco. No era una aventura romántica; era una vida paralela.

Respiré hondo. “Entonces, ¿qué hago?”, pregunté a Sergio, intentando que mi voz no se rompiera. Él bajó el tono: “Si quiere protegerse, no toque la caja. Pero sí puede dejar constancia de lo que encontró. Y, si teme represalias, pida una orden de alejamiento.” Me ardieron los ojos. La idea de convertir mi matrimonio en un expediente me parecía insoportable, pero más insoportable era seguir a ciegas.

Salí del banco y caminé sin rumbo hasta una cafetería. Me senté en una mesa del fondo, con el sobre entre las manos como si quemara. Javier volvió a llamar. Esta vez contesté. “Voy a decirte una sola cosa”, dijo, rápido. “María no es mi amante. Es mi hermana.” Me quedé muda. “¿Tu hermana? Nunca me hablaste de una hermana.” “Porque no existe para mi familia. Se metió con gente mala, y yo llevo meses pagando para que la dejen en paz”, confesó. Sonaba agotado. “Te iba a contarlo cuando terminara.”

Mi primera reacción fue rabia: por la mentira, por el secretismo, por ponerme en medio sin avisar. “¿Y el fraude?”, pregunté. “No es fraude mío”, insistió. “Me hicieron pasar dinero por mi cuenta. Si yo paraba, ella…”. Se le quebró la voz. Por primera vez, lo vi no como el hombre que me traicionaba, sino como alguien acorralado.

Aun así, algo no encajaba: si era su hermana, ¿por qué el banco hablaba de investigación? ¿Por qué aquella voz femenina ordenaba? “Quiero verla”, dije. “Y quiero pruebas. Hoy.” Javier dudó. “No puedo. No ahora.” Ese “no” me devolvió al borde.

Esa noche, cuando volvió a Madrid antes de tiempo, lo esperé con el ficus replantado en una maceta provisional, como una metáfora triste. Entró pálido. Puso las manos en alto. “Lucía, lo siento.” Yo le enseñé el sobre. “Última oportunidad: me dices toda la verdad, o mañana esto está en manos de un abogado y de la policía.” Se le llenaron los ojos de lágrimas y asintió.

Si llegaste hasta aquí, dime: ¿tú habrías abierto el sobre o lo habrías enterrado otra vez? ¿Crees que Lucía hizo bien en enfrentarlo, o se metió demasiado? Te leo en comentarios, y si quieres la continuación con lo que Javier confesó exactamente, escribe “CONTINÚA”.