Me llamo Lucía Navarro y ese martes parecía tan normal que casi me da rabia recordarlo. Había una fuga pequeña en el sótano: humedad en la pared, un charco mínimo cerca del desagüe y ese olor agrio que sube por la escalera. Llamé a un fontanero recomendado por la vecina, Raúl Montes, y llegó puntual, con su maletín metálico y una linterna colgando del cinturón. “En una hora lo dejo listo, Lucía”, dijo sonriendo, profesional, de esos que te inspiran confianza sin esfuerzo. Yo tenía la nevera vacía, así que le avisée: “Voy al mercado. La puerta queda cerrada, ¿vale?” Él asintió y bajó al sótano.
En el mercado me entretuve más de lo previsto: la cola, el cambio, una llamada de mi hermana. A los diez minutos exactos de haber salido, el móvil vibró. Número desconocido. Contesté y escuché respiración agitada, como si alguien corriera.
—¿Señora Lucía? —era Raúl, pero su voz no era la de antes; era un hilo tembloroso.
—Sí, Raúl, ¿todo bien?
Silencio. Un chasquido de interferencia.
—Señora… —tragó saliva— ¿quién está aquí abajo conmigo?
Sentí un frío seco subirme por la nuca. Miré alrededor, como si el mercado pudiera explicarme algo.
—No hay nadie más en casa —susurré, sin saber por qué bajé la voz.
—Entonces… —se cortó, como si alguien le hubiera tapado la boca.
De fondo se oyó un golpe sordo, metal contra cemento.
—Raúl, ¿qué pasa? ¡Raúl! —apreté el teléfono, la pantalla sudada en mi mano.
La llamada se interrumpió de golpe. Intenté devolverla: “Número no disponible”. Me quedé inmóvil dos segundos, luego dejé la bolsa en el suelo y eché a correr. En el trayecto, mi cabeza buscaba excusas lógicas: un vecino, un fallo de cobertura, un susto tonto. Pero mi cuerpo no se lo creyó.
Llegué al portal jadeando. Subí las escaleras de dos en dos. En mi rellano, lo vi: la puerta de mi piso estaba entornada, apenas un dedo de luz en la ranura, como si alguien la hubiera empujado desde dentro. Y desde el interior, muy bajo, sonó un arrastre, lento, pesado… justo cuando yo puse la mano en el pomo.
PARTE 2
Me quedé clavada, con los dedos sobre el pomo, como si la madera quemara. Mi primer impulso fue entrar a gritos, pero me obligué a pensar. Saqué las llaves sin hacer ruido y, en lugar de abrir, pegué el oído. No escuché voces, solo ese arrastre breve y una respiración irregular, cerca del suelo. Retrocedí un paso y marqué el 112 con manos torpes. La operadora me pidió calma, dirección, si había alguien conmigo. “Estoy sola. Hay un fontanero dentro. Me llamó diciendo que no estaba solo en el sótano.” Lo dije rápido, con vergüenza de sonar paranoica. Ella no dudó: “No entre. Espere fuera. Una patrulla va en camino”.
Pero el tiempo se estiraba como chicle. Miré la escalera; el ascensor tardaría años. Volví a acercarme a la puerta y llamé, en un tono controlado:
—¿Raúl? Soy Lucía. ¿Me oyes?
Nada. Otra respiración, más cerca. Me di cuenta de algo horrible: si Raúl estaba en el sótano, esa respiración no debía estar en el pasillo de mi salón. Entonces vi el detalle que me remató: mi felpudo estaba ligeramente arrugado, como si alguien lo hubiera pisado con prisa… y junto al marco, una marca de barro reciente.
Bajé un escalón, lista para salir corriendo, cuando una sombra se movió detrás de la ranura de la puerta. Me faltó el aire. Oí un susurro ronco, apenas audible:
—No llames a nadie…
Me giré y casi choqué con mi vecina, Carmen, que subía con una bolsa. Al verme blanca, abrió los ojos.
—Lucía, ¿qué pasa?
—Dentro… hay alguien —dije, y le hice un gesto para que bajara conmigo. Carmen, sin pensarlo, sacó su móvil. Yo le agarré la muñeca.
—Ya llamé. Solo… baja, por favor.
Nos quedamos en el descansillo inferior, con la puerta de mi piso arriba, como un ojo medio abierto. Desde allí escuchamos un golpe, esta vez claro: algo cayó en la cocina, vidrio quizá. Carmen murmuró:
—¿Y el fontanero?
—Me llamó… estaba asustado.
La patrulla tardó siete minutos, pero parecieron setenta. Dos agentes subieron con cuidado, y yo detrás, temblando. Uno empujó la puerta con la punta del pie y entraron sin encender luces. Solo oí órdenes cortas: “Policía. Manos donde pueda verlas”. Un forcejeo rápido, un quejido. Después, el silencio más pesado de mi vida.
—Señora, puede pasar —dijo uno, serio.
Entré despacio. En el suelo del pasillo había un hombre de unos treinta y tantos, ropa sucia, una mochila abierta y mi cajón de herramientas revuelto. Tenía una llave inglesa en la mano, pero ya se la habían quitado. El agente me preguntó si lo conocía. Negué. Mi garganta no respondía.
Bajamos al sótano con linternas. Allí estaba Raúl, sentado contra la pared, pálido, con un corte en la ceja.
—Me… me atacó por detrás —balbuceó—. Dijo que solo quería “esperar a que volvieras”. No sé por qué. Vi que tenía una copia de una llave… y pensé que alguien más estaba conmigo.
Una copia de una llave. Eso no era casualidad. Y entonces recordé algo que me hizo sentir aún peor: dos semanas antes, un mensajero me había pedido “confirmar” mi nombre en el telefonillo. Yo lo hice sin pensar. Demasiadas pequeñas piezas encajando.
PARTE 3
En comisaría, la historia se volvió más clara y más fea, sin necesidad de fantasmas ni excusas raras. El hombre se llamaba Óscar Rivas y no era un desconocido “al azar”. Según los agentes, había trabajado unos meses en una empresa de paquetería y lo habían despedido. En su mochila encontraron una libreta con direcciones, horarios aproximados y notas miserables tipo “vive sola”, “sale a tal hora”, “puerta vieja”. Mi dirección estaba subrayada dos veces. Lo más inquietante no fue eso, sino la lógica fría: había observado la rutina del edificio, aprovechado el telefonillo, y en algún momento consiguió copiar una llave o forzar el cilindro sin que nadie lo notara. No vino a robar de inmediato; vino a probar. A medir tiempos. A ver si entraba y salía sin dejar rastro.
Raúl declaró también. Contó que, al bajar al sótano, oyó un movimiento arriba. Subió dos escalones y vio una silueta cruzar el pasillo. Intentó gritar, pero Óscar lo golpeó con algo metálico y lo empujó de nuevo hacia abajo. “Si vuelves a subir, te dejo ahí”, le dijo. Raúl, mareado, se encerró como pudo tras la caldera, llamó con el móvil y preguntó lo único que tenía sentido: si yo había dejado a alguien dentro. El resto fue ese golpe y el corte de llamada, porque Óscar le arrebató el teléfono y lo tiró.
Me entregaron mis llaves como si fueran objetos nuevos, pero yo las sentía contaminadas. Esa noche dormí en casa de mi hermana, y al día siguiente cambié cerradura, bombín, mirilla, y añadí un cerrojo. Carmen me ayudó a revisar el rellano: encontramos una cámara de timbre que otro vecino ya tenía y que apuntaba parcialmente a mi puerta. En el vídeo se veía a Óscar entrando con calma, como si viviera allí. Sin capucha, sin prisa. Ese fue el golpe más shock: no era un monstruo; era alguien normalizado por su propia impunidad.
Yo también me culpé, claro: por abrir el telefonillo, por confiar en la rutina, por pensar “a mí no me pasa”. Pero la policía fue directa: esto le puede pasar a cualquiera, y por eso hay que hablarlo. Si algo aprendí, es que los detalles pequeños importan más que el miedo grande: revisar cerraduras, no dar nombres por el telefonillo, pedir identificación a quien sube “por un momento”, y tener un plan simple si algo no cuadra.
Y ahora te pregunto a ti, de verdad: si te pasara esto, entrarías sola o esperarías a la policía aunque sientas que “pierdes tiempo”? ¿Alguna vez has notado algo raro en tu puerta, en tu rellano, o en el telefonillo y lo dejaste pasar? Si has vivido algo parecido, cuéntalo en comentarios (sin datos personales): tu experiencia puede ayudar a otra persona a reaccionar a tiempo. Y si quieres, dime también qué medida de seguridad crees que funciona mejor en España hoy: cerradura, alarma, cámara, o pura prudencia.








