Estaba de ocho meses de embarazo, de pie bajo globos en tonos pastel, cuando mis amigas vitorearon: “Para ti… y para el bebé”. Alguien susurró: “Hemos reunido 49.000 dólares para tus facturas médicas”. Yo lloraba y me reía a la vez… hasta que vi cómo los ojos de mi madre se clavaban en la caja de donaciones. “Muévete”, soltó con brusquedad, alargando la mano para agarrarla. “Mamá, no… ¡eso no es tuyo!”, protesté. Su sonrisa se borró de golpe. Se inclinó detrás de la mesa, tiró de un adorno y sacó una pesada barra de hierro que formaba parte de la decoración. Con la voz baja y llena de veneno, siseó: “No te lo mereces”. Y entonces—CRAC. El golpe me impactó en el vientre. Sentí una oleada caliente y aterradora recorrerme el cuerpo… y, al instante, se me rompió la bolsa.
Tenía ocho meses de embarazo y el salón comunitario olía a bizcocho recién hecho. Mis amigas habían colgado globos en tonos pastel y una guirnalda que decía “Bienvenida, bebé”. Yo llevaba un vestido holgado y las manos apoyadas en la barriga, sintiendo pataditas como recordatorios diminutos de que, pese a todo, la vida seguía. Aquel…