Ocho meses después del divorcio, mi teléfono vibró con su nombre. «Ven a mi boda», dijo, tan engreído como siempre. «Ella está embarazada… a diferencia de ti». Me quedé helada, con los dedos apretando la sábana del hospital. La habitación aún olía a antiséptico, y mi cuerpo seguía doliendo por el parto que él ni siquiera sabía que había ocurrido. Miré al bebé dormido a mi lado y solté una risa lenta. «Claro», susurré. «Allí estaré». No tiene ni idea de lo que voy a llevar. Y cuando lo vea… todo cambiará.
Ocho meses después del divorcio, mi móvil vibró con un nombre que había intentado borrar de la piel: Javier. Estaba sentada en la cama del Hospital Clínico de Valencia, con una sábana áspera sobre las piernas y el cuerpo todavía pesado, como si cada músculo recordara el esfuerzo. A mi lado, en una cuna transparente,…