«Mamá, ven a recogerme, por favor…». La voz de Claire era como un hilo estirado demasiado: frágil, temblorosa y a punto de romperse. Luego, la llamada se cortó. No llamé al 911. No primero. No ahora.

«Mamá, ven a por mí, por favor…». La voz de Clara sonaba como un hilo estirado demasiado: frágil, temblorosa, a punto de romperse. Luego, silencio. La llamada se cortó.

No llamé al 112. No primero. No ahora. Antes de que el miedo me empujara a hacer lo correcto, me empujó a hacer lo rápido: abrir el chat familiar y ver su última ubicación compartida. Clara era ordenada, casi maniática con esas cosas desde que, hace un mes, le robaron el móvil a una compañera en el Cercanías. La ubicación seguía activa, parpadeando sobre un punto que conocía: un aparcamiento de varias plantas junto al centro comercial La Estación, en las afueras de Madrid. Allí había quedado con su amiga Lucía para estudiar, o eso me había dicho al salir de casa.

Cogí las llaves, el abrigo y bajé las escaleras sin cerrar del todo la puerta. En el coche, mientras las manos me temblaban sobre el volante, marqué el número de Lucía. Saltó el buzón. Volví a llamar. Nada. En el retrovisor vi mi propia cara pálida, la mandíbula tensa como si estuviera mordiendo un secreto.

La ruta se me hizo irreal: semáforos, rotondas, gente con bolsas, una ciudad que seguía viviendo mientras mi mundo se encogía a una pantalla azul con un puntito. Aparqué en doble fila frente al edificio del parking y entré sin mirar atrás. El aire olía a gasolina vieja y a humedad. En la rampa, mis pasos resonaban como si alguien caminara conmigo.

En la segunda planta, donde marcaba la ubicación, vi su mochila tirada junto a un pilar. La reconocí por el llavero de una cinta roja. Me agaché, la abrí con dedos torpes: cuadernos, una calculadora, el estuche… y el móvil de Clara no estaba. Solo había una tarjeta de transporte rota y, doblado como si lo hubieran metido con prisa, un ticket de compra con un número escrito a bolígrafo.

Levanté la vista y entonces lo vi: el coche gris de Clara, con la puerta del copiloto entornada. Y dentro, en el asiento, una pulsera de hospital manchada de algo oscuro.

En ese instante, sonó mi teléfono con un número oculto y, al descolgar, oí la respiración de alguien que no era mi hija.

No dije “¿Quién eres?”. Tampoco “¿Dónde está Clara?”. Las preguntas se me quedaron pegadas al paladar, como si mi boca hubiera entendido antes que mi cabeza que cualquier palabra podía empeorarlo.

—Tienes diez minutos —dijo una voz masculina, baja, sin acento marcado—. Baja a la planta menos uno. Y ven sola.

Miré a mi alrededor. A esa hora el parking no estaba vacío, pero sí disperso: un hombre cargando cajas, dos adolescentes riéndose cerca del ascensor, una pareja discutiendo junto a un SUV. Si gritaba, quizás alguien miraría. Si corría a seguridad, quizás lo perdería todo. Me odié por pensar así, y aun así, bajé.

El ascensor tardó una eternidad. En el espejo de acero vi mis manos apretando el ticket con el número. Cuando se abrieron las puertas en la planta -1, un golpe de aire frío me dio en la cara. Allí abajo casi no había coches. El sonido era distinto: más hueco, más definitivo.

Un hombre con chaleco de repartidor se apoyaba en una furgoneta blanca, como si estuviera esperando un paquete, no a una madre desesperada. No se acercó. Señaló con la barbilla hacia mi móvil.

—Desbloquéalo y pon el altavoz —ordenó.

Obedecí, tragándome las ganas de arañarle la cara.

—Ahora llama al número del ticket.

Marqué. Sonó una vez. Dos. Tres. Y al cuarto tono contestó Clara, pero su voz no salió como un alivio: salió como una confirmación de que el horror era real.

—Mamá… —susurró—. No hagas lo que te digan sin pensar. Hay…

Un golpe. Un jadeo. La llamada se cortó.

El repartidor ni se inmutó. Sacó un sobre marrón del bolsillo y lo dejó en el suelo, a distancia. Como si yo fuera un animal imprevisible.

—Ahí tienes instrucciones. Si llamas a la policía, no la vuelves a oír —dijo, y por primera vez noté algo en su mirada: no compasión, sino prisa.

Me agaché y abrí el sobre. Dentro había una nota con una dirección y una hora, y una frase que me heló: “Tráeme el pendrive de la taquilla 43 del gimnasio. No intentes ser lista”.

Mi gimnasio. Mi taquilla. El pendrive. De golpe, todo encajó con algo que llevaba semanas ignorando: el nuevo encargado del gimnasio, Iván, demasiado amable; las cámaras “averiadas”; el día que mi taquilla apareció entreabierta; la sensación de que alguien sabía mi rutina mejor que yo.

Levanté la cabeza para encararme con el repartidor, pero ya estaba subiéndose a la furgoneta. El motor rugió y, antes de que pudiera memorizar la matrícula, apagó las luces y se perdió por la rampa. Me quedé sola, con un papel en la mano y un reloj invisible empezando a contar.

Y entonces entendí por qué no llamé al 112: porque una parte de mí ya sabía que esto no era azar, sino una trampa montada a mi medida.

Conduje hasta el gimnasio sin recordar ni un solo semáforo. Aparqué detrás, donde dejaban las motos, y entré por la puerta lateral con la tarjeta de socia. Eran las ocho y veinte. La nota decía: “21:00. Estación de servicio M-40, salida 18. Sin acompañantes”. Me quedaban cuarenta minutos para conseguir el pendrive y decidir si seguía el juego o lo rompía.

La recepción estaba casi vacía. Iván no estaba a la vista, pero su colonia —ese olor cítrico que me resultaba insoportablemente familiar— flotaba cerca del mostrador. Pasé de largo como si fuera una tarde cualquiera y fui directa a los vestuarios. Las taquillas brillaban bajo la luz blanca. La 43 estaba al fondo.

Al abrirla, el candado cedió demasiado fácil. Dentro, en lugar de mi toalla y mis zapatillas, encontré una bolsita de plástico con un pendrive negro y un papelito: “No hagas llamadas. Te estamos viendo”. Me giré de golpe hacia el techo. Había una cámara pequeña, nueva, apuntando justo a esa fila.

Me obligué a respirar y a pensar. Si me estaban viendo, también podían estar escuchando. Salí del vestuario con el pendrive escondido en el sujetador deportivo y fui al baño, cerré con pestillo y abrí la tapa del depósito del inodoro, donde aún se guardaban las llaves de mantenimiento del gimnasio (lo sabía porque una vez se rompió una cisterna y el fontanero lo dejó allí). Dentro había un móvil antiguo, de esos que apenas sirven para llamar. No era mío. Alguien lo había colocado adrede.

En la pantalla, un mensaje sin remitente: “Usa este. El otro está intervenido”.

Me senté en el suelo, con el corazón golpeándome las costillas. Si aquello era una trampa, al menos me daban una herramienta. Marqué el 112 desde ese móvil. Cuando contestaron, hablé despacio, con frases cortas, sin dramatismo: dirección, hora, descripción de la furgoneta blanca, el nombre “Iván”, la cámara nueva en el vestuario, y la palabra que más miedo me dio pronunciar: “mi hija”.

La operadora no me prometió milagros, pero escuchó como quien ya ha oído historias parecidas. Me pidió que no me expusiera, que siguiera instrucciones, que intentara ganar tiempo. Colgué y me miré al espejo: la madre que entró en ese parking ya no existía. Ahora solo quedaba alguien dispuesto a mentir para sobrevivir y para rescatar.

A las nueve menos cinco, fui a la estación de servicio con el pendrive… pero también con un plan: el 112 sabía dónde estaría y a qué hora. Yo tenía que aparentar obediencia. No heroísmo.

Cuando llegué, vi la furgoneta blanca aparcada junto a los surtidores, y al lado, el mismo chaleco de repartidor. Se acercó con pasos seguros. Yo levanté el pendrive, como un billete de rescate.

—¿Dónde está mi hija? —pregunté, por fin.

Él sonrió, y en esa sonrisa vi el error que todos cometen cuando creen que controlan una madre desesperada: subestiman lo que una mujer aprende en una sola tarde.

La historia no termina aquí del todo, porque lo que pasó después —los minutos, las sirenas, las decisiones— depende de cómo tú lo leas: ¿crees que hice bien en llamar al 112 aunque me amenazaran? ¿Habrías seguido el juego o habrías gritado en el parking desde el principio? Si te ha atrapado, cuéntamelo en los comentarios y dime qué final elegirías tú: el prudente, el impulsivo o el más frío.