Cada noche, mi hija se encogía en una bolita, apretándose el estómago, vomitando hasta que los labios se le ponían pálidos. Le supliqué a mi marido que le diera importancia, pero apenas levantó la vista. “Está fingiendo”, espetó. “Cualquier cosa por llamar la atención.” Así que la llevé yo sola al hospital. Bajo la luz fría de la sala de escáner, el rostro del médico se tensó. Se inclinó un poco hacia mí y, con una voz que apenas era un susurro, dijo: “Señora… ¿sabe usted cómo pudo haber ocurrido esto?”
Cada noche, Lucía se encogía en mi sofá como un gato asustado. Tenía ocho años y un dolor que no encajaba con su cuerpo pequeño: se sujetaba el vientre, sudaba frío y acababa vomitando hasta que los labios se le quedaban casi blancos. Yo le humedecía la frente con una toalla, le prometía que todo…