En el instante en que llegué a casa desde el hospital, él no miró al bebé… me miró a mí como si fuera una desconocida. —Ese niño no es mío —dijo, con una voz fría, plana como el hielo. Mis manos empezaron a temblar cuando empujó los papeles del divorcio hacia mí, sin un solo gesto de duda. —Fírmalos. Ahora. Intenté hablar, explicar, preguntar siquiera “¿por qué?”, pero las palabras se me ahogaron en la garganta. Y el llanto del bebé, agudo y constante, sonó como un veredicto. Tres años después, lo reconstruí todo… excepto el corazón. Y entonces, una noche, mi teléfono se iluminó en la oscuridad: su nombre. Y un mensaje que lo cambió todo.
Cuando regresé del hospital con la pequeña Lucía envuelta en una manta blanca, lo primero que busqué fue la cara de Javier. Imaginaba el brillo nervioso en sus ojos, la risa torpe, ese gesto suyo de tocarle la frente al bebé como si confirmara que era real. Pero al abrir la puerta del apartamento, me…