A los 65 años, cinco años después de divorciarme, por fin saqué del fondo de un cajón el “regalo de despedida” de mi ex: una tarjeta bancaria con 300 dólares que nunca había tocado. El cajero la tragó y, acto seguido, mostró un saldo que me hizo flaquear las rodillas. —Señora… ¿es usted la titular de la cuenta? —preguntó la empleada, con la voz tensa. Yo susurré: —Eso no puede estar bien. Ella se inclinó un poco más y bajó el tono: —Ha habido movimientos… todos los meses. Salí de allí temblando, porque la última operación era de hoy… y no la había hecho yo.

A los 65 años, cinco después de firmar el divorcio, me animé a sacar del fondo de un cajón el “regalo de despedida” de mi exmarido: una tarjeta bancaria con 300 dólares que nunca toqué por orgullo. Me llamo Marta Salcedo y, hasta esa mañana, creía que lo peor que podía pasar era que la tarjeta estuviera caducada. La guardé junto a cartas viejas y una foto donde aparecíamos en una terraza de Valencia, sonriendo como si nada se fuera a romper.

Entré en una sucursal de la calle Colón porque el cajero de la esquina siempre se tragaba mis monedas. Era jueves y el aire olía a café recién hecho. Metí la tarjeta y esperé el sonido de siempre. En lugar de eso, la máquina pitó, mostró un mensaje de “retención por seguridad” y, antes de que pudiera reaccionar, la pantalla enseñó el saldo. Sentí cómo se me aflojaban las piernas: no eran 300. Había cinco cifras, una cantidad imposible para mi vida de pensión y clases particulares.

Me acerqué al mostrador con la sensación de estar haciendo algo ilegal. La cajera, una chica joven con placa que decía Lucía, miró su monitor y luego mi cara. “Señora… ¿es usted la titular de la cuenta?”, preguntó, y su voz se tensó como una cuerda. Yo asentí, pero apenas pude decir mi DNI. Lucía frunció el ceño: “Hay movimientos… cada mes”.

En mi cabeza se encendieron imágenes: mi ex, Javier Montes, su sonrisa tranquila, su forma de despedirse con un “te irá bien”. Yo le había devuelto las llaves sin discutir y había guardado aquella tarjeta como un recordatorio amargo. “Eso no puede estar bien”, susurré. Lucía bajó el tono y se inclinó: “La última operación es de hoy… y no la ha hecho usted”.

Salí a la calle temblando, con el recibo en la mano y el corazón golpeándome el pecho. En la esquina, el móvil vibró con un número desconocido. Miré el comprobante otra vez: la hora coincidía con el momento en que yo estaba frente al cajero. Y entonces entendí el vértigo real: alguien acababa de usar mi cuenta… mientras yo sostenía una tarjeta que ya no existía.

Me senté en un banco de la plaza del Ayuntamiento y respiré como me enseñó mi médica: cuatro segundos dentro, seis fuera. Lo primero fue llamar al teléfono de atención del banco. Tras música enlatada, un hombre pidió datos de verificación. Expliqué lo del cajero y la retención. “La tarjeta queda anulada en este momento”, dijo, “pero el acceso a la cuenta puede hacerse con banca online o con otra tarjeta asociada”. Esa frase me atravesó. Yo no tenía banca online. Nunca la activé. Entonces, ¿quién?

Volví a la sucursal sin orgullo. Lucía me hizo pasar a un despacho con paredes de cristal. Apareció el director, don Ernesto, un señor de corbata gris que hablaba como si midiera cada palabra. Me imprimieron un extracto de los últimos doce meses: cargos idénticos el día 3, pequeñas compras en supermercados que yo no frecuentaba, un pago de gimnasio en un barrio al que no iba, y, lo que me dejó fría, transferencias mensuales a una cuenta terminada en 7421. “Esto es recurrente”, confirmó Ernesto. “Para que suceda, alguien tiene que tener permisos.”

Pedí una copia del contrato original. Allí estaba mi firma de hace años, pero también una segunda firma añadida con tinta distinta, un trazo más firme, como de alguien acostumbrado a firmar rápido. Ernesto evitó mirarme: “Señora, esto sugiere una modificación posterior”. Lucía, en voz baja, me dijo que podía poner denuncia y solicitar bloqueo total.

En comisaría, el agente que me atendió se llamaba Sergio Albalat. Escuchó sin interrumpir, como si hubiera oído historias peores. “¿Su ex tenía acceso a documentación?”, preguntó. Me vi abriendo cajones frente a Javier durante el matrimonio, dejándole organizar papeles “para ayudarme”. Sergio anotó: “Posible suplantación o uso indebido de autorización”.

Esa noche, en casa, encontré un correo viejo en una carpeta que casi nunca abría. Asunto: “Alta de banca digital completada”. Fecha: un mes después del divorcio. Lo abrí y vi un número de móvil parcialmente oculto para la verificación: terminaba en 19. No era el mío. Mi número termina en 73 desde hace veinte años.

Con las manos sudadas, marqué el teléfono de Javier. Contestó al tercer tono, tranquilo. “Marta, cuánto tiempo…”, dijo. Yo no rodeé el tema. “¿Has usado mi cuenta?”, pregunté. Hubo un silencio corto, pero pesado. “No sé de qué hablas”, respondió. Entonces le leí la terminación 19. Su respiración cambió. “Eso… es el número de mi hija, Alba”, murmuró, y el mundo se me encogió: la cuenta no solo había seguido viva, alguien la estaba alimentando… y la estaba vaciando con la constancia de un reloj.

Al día siguiente, Sergio me llamó temprano: había solicitado al banco la trazabilidad de la cuenta 7421. “Está a nombre de Alba Montes”, confirmó. Sentí rabia y una tristeza extraña, porque a Alba la vi crecer: era la niña que me pedía ayuda con los deberes cuando venía los fines de semana. Sergio explicó que, con la denuncia, podían requerir registros de acceso y, si se probaba la suplantación, reclamar la devolución.

Volví a la sucursal con él y con una carpeta de papeles. Ernesto, más pálido, nos recibió sin rodeos. Los accesos digitales se habían hecho siempre desde el mismo dispositivo y con un correo que no era mío. Las notificaciones iban al móvil terminado en 19. “La activación se realizó con una copia de su DNI escaneada”, dijo. Recordé que, al firmar el divorcio, Javier insistió en “ordenar” mis documentos para que no me estresara. La palabra ordenar me dio náuseas.

A media tarde, quedé con Javier en una cafetería cerca del río Turia. Llegó puntual, con el mismo abrigo oscuro de siempre. No levantó la mirada hasta que vio a Sergio a mi lado. “Esto es serio”, le dije. Javier tragó saliva y, por primera vez en años, pareció frágil. “Yo abrí esa cuenta para ti”, confesó. “Durante el matrimonio fui apartando dinero. No quería que te faltara nada cuando me fuera. La tarjeta era una forma de decírtelo sin discutir”. Sergio lo cortó: “¿Autorizó usted a alguien a operar?” Javier negó con la cabeza, pero no pudo sostener mi mirada.

Nos reunimos los tres con Alba esa misma noche. Ella llegó a la defensiva, pero se le quebró la voz cuando vio el extracto. “Pensé que era de papá”, dijo. “Él nunca me dijo que era tuyo”. Sergio explicó consecuencias y le ofreció una salida: reparación y acuerdo firmado, además de investigación sobre cómo se activó la banca digital. Alba se tapó la cara, lloró, y aceptó devolver lo retirado en cuotas. Firmó la renuncia a cualquier acceso, y el banco restableció la titularidad, cambió claves, eliminó el correo vinculado y activó alertas en mi móvil, esta vez con mi número verdadero.

No salí victoriosa; salí despierta. Aprendí que la confianza no se guarda en un cajón y que el dinero puede ser un mensaje mal escrito. Si esta historia te removió algo—si has vivido un lío con cuentas compartidas, tarjetas antiguas o un “regalo” envenenado—me encantaría leerte: cuéntalo en los comentarios y dime qué habrías hecho tú en mi lugar.