En el funeral de mi marido, el abogado se inclinó y susurró: «Acabas de heredar quinientos millones… pero manténlo en secreto». Asentí, y de repente el dolor no era lo único que flotaba en el aire: también había desprecio. Mi suegra miró mi vestido negro y se burló: «No actúes como si le hubieras importado». Mi cuñado murmuró: «Volverá arrastrándose con nosotros. No tiene nada». Forcé una sonrisa. «Tienes razón», dije en voz baja.
En el funeral de mi marido, Javier Roldán, el murmullo de la iglesia de San Isidro se mezclaba con el olor a incienso. Yo, Lucía Navarro, apretaba el rosario con manos frías, intentando no desmoronarme. Entonces el abogado de Javier, Álvaro Sampedro, se acercó como quien trae un pésame más. Se inclinó y susurró: «Acabas…