La música seguía sonando cuando las puertas se abrieron de golpe, y yo supe, con una certeza enfermiza, que él no iba a venir. Mi velo se sentía más pesado que una piedra. Los susurros cortaban el aire en la capilla. «¿Dónde está el novio?», siseó alguien. Yo estaba allí, abandonada en mi propia boda… hasta que mi jefe millonario se colocó a mi lado, con los ojos fríos y la mandíbula tensa. Se inclinó y murmuró: «Finge que soy el novio». Antes de que pudiera respirar, me tomó de la mano, la alzó para que todos la vieran y dijo algo al micrófono que hizo que se me helara la sangre. Y eso fue solo el comienzo…
La música seguía sonando cuando las puertas se abrieron de golpe. Yo, Lucía Martín, llevaba el velo y un ramo que ya me temblaba en las manos. El murmullo recorrió la capilla como un cuchillo: “¿Dónde está el novio?”. Busqué a Daniel Ortega entre los bancos, pero solo vi caras estiradas y móviles levantados. Mi…