Contraté a una mujer para limpiar la casa vacía. Una hora después susurró por teléfono: “Señora… ¿hay alguien más autorizado a estar aquí?”. Sentí un frío en el pecho. “No… ¿por qué?” Silencio. Luego: “Hay una mujer arriba. No soy yo.” Mi voz se quebró: “¡Sal ahora mismo!” Mientras llamaba a la policía, entendí algo horrible: yo tenía las llaves… pero no estaba sola.
Me llamo Laura Méndez, tengo 42 años y vivo en las afueras de Valencia. Trabajo como administrativa en una clínica privada y, como muchas familias, llevo meses sintiendo que el tiempo no me alcanza para nada. Entre el trabajo, llevar a mis hijos al colegio y cuidar a mi madre los fines de semana, la…