Compré la casa de playa con la herencia de mi esposo, pensando que por fin tendría paz. Entonces sonó el teléfono. “Mamá, este verano iremos todos… pero tú puedes quedarte en el cuarto de atrás”, dijo mi hijo. Sonreí y respondí: “Claro, los estaré esperando”. Cuando abrieron la puerta y vieron lo que había hecho con la casa… supe que nadie volvería a mirarme igual.
Compré la casa de playa en Cádiz seis meses después de que mi esposo, Javier, muriera de un infarto fulminante. No fue una decisión impulsiva; vendí el piso grande que ya no necesitaba y utilicé parte de su herencia para empezar de nuevo en un lugar más tranquilo. Siempre soñamos con oír el mar por…