Cuando decidimos reformar el sótano de la casa, pensé que por fin estábamos dejando atrás años de discusiones con Javier. Él nunca quiso vender aquella vivienda antigua en las afueras de Zaragoza, pero tampoco parecía cómodo viviendo allí. Yo lo atribuía a estrés, a su carácter reservado. Hasta que el albañil, Marcos, salió del sótano aquella mañana.
Subió las escaleras muy despacio. Tenía la cara blanca como la cal y las manos cubiertas de polvo temblaban sin control. Me miró fijo, como si dudara entre hablar o marcharse sin decir nada.
—Señora Laura… ustedes no deberían seguir viviendo aquí —murmuró—. No ni un día más.
Pensé que era una exageración para pedir más dinero o cubrir un error. Le pedí que me explicara. Marcos dudó, miró hacia la puerta del sótano y bajó la voz.
—Hemos encontrado algo detrás del muro antiguo. No son solo tuberías viejas… hay una cavidad tapada a propósito. Y dentro… hay documentos, ropa, cosas personales. Esto no es normal.
Sentí un frío seco en el estómago. Llamé a Javier de inmediato, pero no respondió. Eso tampoco era raro últimamente. Trabajaba mucho, viajaba con frecuencia y cada vez hablábamos menos.
Bajé con Marcos al sótano. Detrás de una pared falsa había un pequeño espacio cerrado con tablas viejas. Dentro, una maleta antigua, una chaqueta de hombre, una cartera vacía y varios papeles húmedos pero legibles: facturas de hace más de veinte años, todas a nombre de un tal Andrés Molina… en nuestra dirección.
—¿Sabe quién es? —preguntó Marcos.
Negué con la cabeza, aunque algo empezaba a encajar de forma inquietante: Javier había heredado la casa de un tío al que casi nunca mencionaba.
Esa noche, sola en casa, oí golpes sordos bajo el suelo del salón, justo encima del sótano. Bajé con el móvil en la mano y vi que alguien había movido la maleta. Entonces escuché la cerradura de la puerta principal abrirse lentamente. Javier había vuelto… y no venía solo.
Parte 2
Me quedé paralizada a mitad de la escalera del sótano cuando oí voces en el recibidor. No reconocí la segunda voz, grave y tensa.
—Te dije que esto estaba sellado —susurró el desconocido—. ¿Por qué han abierto aquí?
—Yo no lo hice —respondió Javier, nervioso—. Debió de ser por la obra.
Subí en silencio, intentando no hacer ruido. Desde la sombra del pasillo vi a Javier con un hombre de unos cincuenta años, rostro curtido y mirada dura. Sobre la mesa del comedor habían dejado la maleta que yo había vuelto a guardar abajo.
—No podías dejar esto aquí para siempre —dijo el hombre—. Alguien iba a encontrarlo.
Javier se pasó la mano por el pelo, desesperado.
—Fue un accidente, Andrés se cayó, ¿entiendes? Yo era un crío. Mi tío me obligó a callar.
El nombre me golpeó en el pecho. Andrés Molina. El de las facturas.
Entré al salón sin pensar.
—¿De qué accidente están hablando?
Los dos se giraron como si hubieran visto un fantasma. Javier se quedó sin palabras. El otro hombre me observó con una mezcla de lástima y cálculo.
—Laura, sube arriba —dijo Javier—. No es lo que parece.
—Entonces explícame qué parece —respondí—. ¿Quién era Andrés Molina y por qué sus cosas estaban escondidas en nuestro sótano?
El hombre suspiró.
—Era mi hermano. Trabajaba aquí, en una reforma, hace veintitrés años. Cayó por la escalera del sótano. Se golpeó la cabeza. Tu suegro no quiso líos con la policía ni con seguros. Dijeron que se había marchado del trabajo. Desaparecido. Yo siempre supe que mentían.
Miré a Javier.
—¿Y tú lo sabías?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Lo vi caer. Tenía 14 años. Mi padre me hizo jurar que nunca diría nada. Después… sellaron la pared.
La habitación se llenó de un silencio espeso. No había fantasmas ni misterios imposibles. Solo un encubrimiento, un cadáver nunca declarado y una mentira que había sostenido nuestra casa durante décadas.
—Voy a llamar a la policía —dije, con la voz más firme de lo que me sentía.
Javier no intentó detenerme.
Parte 3
La investigación duró meses. Encontraron restos óseos bajo el antiguo suelo de tierra del sótano, justo donde antes estaba la pared falsa. Las pruebas confirmaron que pertenecían a Andrés Molina. El informe forense concluyó que la muerte fue compatible con una caída accidental, pero el encubrimiento posterior cambió todo.
El padre de Javier ya había fallecido, pero el caso no se cerró sin consecuencias. Hubo responsabilidades civiles, indemnizaciones y un proceso judicial que obligó a reabrir heridas que muchos en el barrio preferían olvidar. Yo declaré, Javier también. Cada palabra que salía de su boca parecía arrancarle años de encima y, al mismo tiempo, quitármelos a mí.
Descubrí que mi matrimonio estaba construido sobre silencios que yo nunca había elegido. No era solo el secreto, era la capacidad de convivir con él. Javier decía que tenía miedo, que era un niño, que su padre lo dominaba. Todo eso podía ser cierto. Pero también era cierto que, ya adulto, decidió no contarme nada.
Nos separamos poco después de terminar el juicio. Sin gritos, sin escenas. Solo cansancio. Vendí la casa finalmente. No por miedo, sino porque entendí que algunos lugares se sostienen sobre historias que no nos pertenecen y que pesan demasiado.
A veces me preguntan cómo no sospeché nada antes. La respuesta es incómoda: porque confiaba. Porque la vida diaria —las compras, el trabajo, las cenas rápidas— puede cubrir cosas enormes si nadie se atreve a mirar debajo.
Hoy vivo en un piso pequeño en el centro. Duermo mejor. No porque haya olvidado, sino porque ya no hay nada oculto bajo mis pies.
Si has llegado hasta aquí, quizá tú también has descubierto alguna vez una verdad que cambió por completo la historia que creías estar viviendo. A muchos nos pasa más cerca de lo que imaginamos. Compartirlo, hablarlo, puede ser más difícil que callarlo… pero casi siempre es el primer paso para salir de una casa que, sin saberlo, ya se había derrumbado por dentro.








