No colgó. Y yo escuché a mi hijo susurrarle a su esposa: “Para Navidad, la metemos en un asilo”. Me quedé helada… luego sonreí. “¿Crees que no oigo nada?”, murmuré, con el pulso firme. Marqué un número: “Licenciado, es hora”. Al amanecer, todo estaba firmado, sellado… y él aún dormía. Cuando abrió los ojos, yo ya tenía la primera jugada. Y esto… apenas empezaba.
Me llamo Isabel Ríos, tengo 62 años y siempre pensé que la familia era un refugio. Aquella noche, el refugio se me cayó encima. Hablé con mi hijo Javier por teléfono para preguntarle si había llegado bien a casa. Me dijo “sí, mamá”, y de pronto… silencio. No colgó. Yo iba a dejar el móvil…