Antes de que mi abuelo muriera, me metió a la fuerza una libreta de ahorros vieja en la mano y me susurró: «Solo tú». Mi madre la arrebató de un tirón, bufó con desprecio y la tiró a la basura. «Es vieja. Debería haber sido enterrada allí», soltó. Aun así, la saqué del cubo y fui al banco. El gerente pasó las páginas una a una y, de pronto, se le fue el color de la cara. Bajó la voz hasta casi un hilo. —Seguridad —susurró—. Llamen a la policía. Absolutamente. No. La. Dejen. Ir.
Antes de morir, mi abuelo Julián me apretó la mano con una fuerza que no le conocía. Yo estaba de pie junto a la cama del hospital de Vallecas, con el pitido del monitor marcando un ritmo que me parecía ajeno. Él sacó de debajo de la almohada una libreta de ahorro antigua, de tapas…