Entré a la sala de ultrasonido sonriendo… y salí temblando. La doctora palideció, me tomó del brazo y susurró: “Tienes que irte. Divórciate ahora”. Le grité: “¿Por qué?”. Ella negó con la cabeza: “No puedo decirte nada… mira esto”. Cuando vi la pantalla, sentí cómo la sangre me hervía. En ese instante, entendí que mi vida acababa de romperse. Y lo peor… apenas estaba empezando.
Me llamo Lucía Fernández, tengo treinta y dos años y hasta ese día creía que mi vida era normal. Estaba casada con Daniel Morales, llevábamos cinco años juntos y esperábamos nuestro primer hijo. Entré a la clínica para una ecografía rutinaria, sonriendo, pensando en nombres y en el futuro. Nada me preparó para lo que…