Enterré a mi nieto de 16 años sola, con la tierra aún fresca en mis manos, mientras sus padres reían y brindaban a unos metros. Entonces llegó el mensaje de mi nuera: “Deja de ser dramática. Esto es urgente.” No hablaba del funeral… hablaba de los 950 mil dólares de su fondo. En ese instante entendí que el verdadero entierro apenas estaba por empezar.
Enterré a mi nieto Mateo, de dieciséis años, prácticamente sola. Aún siento la tierra húmeda pegada a mis manos cuando lo recuerdo. El entierro fue pequeño, íntimo, como él hubiera querido, pero hubo una ausencia que me quemaba por dentro: sus propios padres, mi hijo Daniel y mi nuera Laura, estaban a menos de cien…