Nunca pensé que pedir perdón tantas veces al día pudiera cansar más que correr una maratón, pero ahí estaba yo, en el sofá de casa, mirando el móvil como si fuera una bomba a punto de explotar, pensando: “Vale… ¿por qué narices me siento culpable otra vez si no he hecho nada?”. Era martes, después del curro, y la persona que decía quererme acababa de soltarme otro “me has decepcionado”.
Nunca pensé que pedir perdón tantas veces al día pudiera cansar más que correr una maratón, pero ahí estaba yo, en el sofá de casa, mirando el móvil como si fuera una bomba a punto de explotar, pensando: “Vale… ¿por qué narices me siento culpable otra vez si no he hecho nada?”. Era martes, después…