Nunca pensé que pedir perdón tantas veces al día pudiera cansar más que correr una maratón, pero ahí estaba yo, en el sofá de casa, mirando el móvil como si fuera una bomba a punto de explotar, pensando: “Vale… ¿por qué narices me siento culpable otra vez si no he hecho nada?”. Era martes, después del curro, y la persona que decía quererme acababa de soltarme otro “me has decepcionado”.
Todo empezó de forma tan normal que da hasta rabia recordarlo. Nos conocimos, risas, cervezas, mensajes largos hasta las tantas. Yo pensaba: “Tío, qué suerte”. Pero poco a poco, sin darme cuenta, empecé a pedir perdón por llegar cinco minutos tarde, por no contestar al momento, por tener un mal día. Al principio era casi gracioso. Luego ya no.
Recuerdo una escena muy concreta. Estábamos en una cena con amigos. Me reí de un comentario de otra persona, una tontería. Al volver a casa, silencio. Ese silencio espeso que te aprieta el pecho. “¿Te pasa algo?”, pregunté. Y ahí vino: que si no le había respetado, que si siempre pensaba antes en los demás, que si eso le hacía sentirse mal. Acabé yo pidiendo perdón, claro. Como siempre.
Y así, día tras día. Si estaba cansado, era porque no me esforzaba lo suficiente por la relación. Si estaba de buen humor, era sospechoso. Si decía que no a un plan, egoísta. Empecé a dudar de todo: de mi memoria, de mis intenciones, incluso de mis emociones. Flipante. Llegué a pensar que igual el problema era yo, que tenía algo roto por dentro.
Mis amigos me decían: “Tío, no es normal”. Yo los defendía. “No entendéis la situación”, soltaba, como un loro bien entrenado. Y mientras tanto, yo cada vez más pequeño, más callado, más cuidadoso con cada palabra. Caminando sobre cristales, vamos.
La gota que colmó el vaso fue una discusión absurda. De esas por nada. Me acusaron de arruinar un fin de semana entero… por haberme quedado dormido después de una semana infernal. Y en ese momento, mientras escuchaba la lista interminable de todo lo que hacía mal, algo dentro de mí se rompió.
NO ERA AMOR, ERA CULPA DISFRAZADA.
No era amor, era culpa disfrazada. Esa frase me resonó en la cabeza toda la noche. No dormí. Me quedé mirando al techo, repasando escenas, conversaciones, mensajes. Y por primera vez no buscaba en qué había fallado yo, sino qué estaba pasando de verdad.
A la mañana siguiente, me levanté con una claridad rara, incómoda, pero potente. Como cuando te quitas unas gafas sucias y de repente ves nítido. Me di cuenta de que siempre había una constante: yo pedía perdón, yo cedía, yo me adaptaba. Y aun así, nunca era suficiente. Siempre había algo nuevo que corregir, algo más que demostrar.
Decidí hacer algo que nunca hacía: no justificarme. Esa tarde, cuando salió otro reproche —que si había contestado “frío” un mensaje— respiré hondo y dije: “No estoy de acuerdo”. Silencio. Pero no el de siempre. Este era distinto, más tenso. Me dijeron que estaba cambiando, que ya no era el de antes. Y por dentro pensé: “Menos mal”.
La conversación fue larga y dura. Salieron frases que me helaron la sangre: que sin esa persona yo no sería nadie, que todo lo hacía mal, que nadie más me aguantaría. Antes, eso me habría destrozado. Ese día, no. Ese día me sonó a miedo. Miedo a perder el control.
Tomé la decisión más difícil y más liberadora de mi vida: me fui. No de un portazo, sino con una calma que ni yo sabía que tenía. Las primeras semanas fueron un caos. Culpa, dudas, ganas de volver corriendo a pedir perdón por irme. Sí, así de fuerte estaba el enganche.
Pero poco a poco, empezó a pasar algo increíble. Volví a reírme sin mirar el móvil. Volví a quedar con amigos sin dar explicaciones eternas. Volví a dormirme tranquilo. Incluso empecé terapia, y ahí entendí algo clave: no era débil por haber aguantado, estaba atrapado en una dinámica muy bien construida.
Un día, meses después, me encontré por casualidad con esa persona. Me miró raro y soltó: “Te veo diferente”. Sonreí y respondí: “Lo estoy”. Y por primera vez no sentí culpa. Sentí orgullo.
Ahora, cuando alguien me hace sentir mal por ser quien soy, se me enciende una alarma interna. Y no, no soy perfecto. Pero ya no acepto cargar con culpas que no son mías. El amor no debería doler así, ni hacerte dudar de tu valor.
Y a veces pienso: si hubiera abierto los ojos antes… pero luego me digo que cada uno despierta cuando puede.
¿Y vosotros? ¿Habríais aguantado tanto o os habríais ido antes?








