A las 6:12 de la mañana, Javier cerró el portátil sin enviar el correo que podía cambiarlo todo. Susurró: «Mañana». Desde la cocina, Clara respondió sin mirarlo: «Eso es rendirse con educación». No hubo discusión. Solo una certeza incómoda: él sabía qué hacer. Y aun así eligió no hacerlo.
Álvaro tenía 39 años y una habilidad peligrosa: sabía justificarse con elegancia. No se mentía como un irresponsable; se mentía como alguien inteligente. Cada decisión incómoda se convertía en un trato interno: “Hoy no, mañana con más energía”, “Primero aseguro esto y luego salto”. Siempre había una razón lógica. Demasiado lógica. Lucía lo veía desde…