“No estás cansado por trabajar demasiado. Estás cansado por trabajar sin dirección.” Marcos repitió esa frase en voz alta frente al espejo del baño, a las 6:12 de la mañana, con los ojos rojos y la mandíbula tensa. Laura, desde la cama, le gritó: —“Entonces dime, ¿para qué demonios sigues yendo?” El silencio que vino después fue más pesado que cualquier jornada laboral.

Marcos tenía 36 años, vivía en un piso normal en Getafe y llevaba doce años levantándose a la misma hora para ir al mismo trabajo. No era un mal empleo. Tampoco era un buen empleo. Era correcto. Seguro. Estable. Esa palabra que tranquiliza a los padres y asfixia a quien la escucha demasiado tiempo.

Cada mañana salía con el mismo nudo en el estómago. No por estrés físico. El cuerpo aguantaba. Las manos, la espalda, las piernas… todo respondía. Lo que no respondía era la cabeza. Marcos ya no sabía para qué corría. Solo sabía que no podía parar.

En la oficina, sonreía por inercia. Respondía correos que nadie leería dos semanas después. Cerraba tareas que se reabrirían con otro nombre. Escuchaba reuniones donde todos asentían y nadie creía. A las seis, salía agotado, no por lo que había hecho, sino por lo que no había sentido.

Laura empezó a notarlo antes que él. Las cenas en silencio. Las respuestas cortas. La mirada perdida mientras el plato se enfriaba.
“No estás aquí”, le dijo una noche sin levantar la voz.
“Claro que estoy”, respondió él, automático.
Pero no lo estaba.

El viernes pasado, Marcos se quedó mirando la pantalla durante diez minutos sin mover el ratón. De repente, su jefe, Javier, pasó por detrás y soltó con tono neutro:
“Recuerda que aquí nadie es imprescindible.”
No era una amenaza. Era peor. Era una verdad dicha sin maldad.

Esa noche, Marcos llegó a casa más tarde. Laura lo esperaba sentada en el sofá, sin móvil, sin televisión.
“¿Cuánto más vas a aguantar así?”
Marcos abrió la boca para responder… y no encontró ninguna razón que no sonara vacía.

Y EN ESE MOMENTO ENTENDIÓ QUE NO ESTABA CANSADO: ESTABA PERDIDO.

El lunes, Marcos no fue a trabajar. No avisó. No se despertó tarde. Simplemente se quedó sentado en la cama, mirando al suelo, con el corazón acelerado como si estuviera cometiendo un delito.

Laura lo observaba desde la puerta.
“¿Qué haces?”
“Nada.”
“Eso ya lo llevas haciendo años.”

La frase dolió más de lo que ella pretendía. Marcos se levantó de golpe.
“¿Sabes lo que es cargar con una vida que no elegiste?”
“¿Y sabes lo que es vivir con alguien que se apaga cada día?” respondió ella, por primera vez sin cuidar el tono.

La discusión no fue gritos. Fue peor: verdades. Marcos confesó que sentía vergüenza de sí mismo, que cada domingo por la tarde sentía náuseas, que dormir no le devolvía energía porque despertaba para repetir lo mismo. Laura confesó que estaba cansada de sostenerlo emocionalmente mientras él sostenía una rutina que odiaba.

Ese mismo día, Javier llamó.
“¿Te pasa algo?”
“Sí. No sé qué hago aquí.”
Silencio al otro lado.
“Mira, Marcos, todos estamos cansados. No podemos permitirnos crisis existenciales.”

Ahí estaba el dilema: seguridad contra sentido. Hipoteca contra dignidad. Seguir para no perderlo todo… o parar para no perderse a sí mismo.

Marcos colgó sin despedirse. Laura lo miró, asustada.
“Si dejas el trabajo, no sé si podremos con todo.”
“Si no lo dejo, no sé si podré conmigo.”

Esa noche no durmieron juntos. No por enfado, sino por miedo. Marcos entendió algo brutal: no basta con estar exhausto para cambiar. Hay que aceptar que quizá nadie va a aplaudir tu decisión. Que quizá te llamen irresponsable. Que quizá pierdas respeto antes de recuperar identidad.

A las 3:17 de la madrugada, Marcos tomó una decisión que lo cambiaría todo… aunque aún no sabía si para bien o para siempre.

 

A la mañana siguiente, Marcos se vistió como siempre, pero no fue a la oficina. Caminó sin rumbo durante horas por su barrio. Observó a gente entrando en bares, persianas subiendo, niños yendo al colegio. Todos parecían saber a dónde iban. Él no.

Se sentó en un banco y llamó a su padre.
“Papá, ¿alguna vez trabajaste en algo que odiabas?”
“Claro. Durante treinta años.”
“¿Y por qué no lo dejaste?”
“Porque confundí aguantar con ser fuerte.”

Esa frase rompió algo dentro de Marcos. No lloró. Sonrió, triste. Volvió a casa y habló con Laura, sin promesas heroicas. Sin discursos motivacionales.
“No sé qué quiero hacer. Solo sé qué no quiero seguir haciendo.”

Laura respiró hondo.
“No necesito que tengas un plan. Necesito que estés vivo.”

Marcos pidió una excedencia, no una renuncia. No fue valentía épica. Fue un acto imperfecto. El primer día sin ir a la oficina se sintió culpable. El segundo, vacío. El tercero, empezó a dormir mejor. No porque descansara, sino porque su mente dejó de huir.

Dos meses después, no era rico. No era famoso. No tenía respuestas definitivas. Pero ya no se despertaba con náuseas. Empezó a colaborar en proyectos pequeños. A aprender. A equivocarse con sentido.

Un viernes, se cruzó con Javier en el supermercado.
“Pensé que no aguantarías.”
“Yo también.”
“¿Valió la pena?”
Marcos lo miró a los ojos.
“Aún no lo sé. Pero al menos ahora el cansancio tiene una razón.”

Y entendió la verdad más incómoda: no todo el mundo se cansa por exceso. Algunos se agotan por traicionarse cada día un poco más.

Si mañana te despertaras con la misma vida… pero sin ninguna excusa, ¿seguirías llamándolo cansancio o empezarías a llamarlo miedo?