Mi marido me dejó el mismo día del funeral de mis padres. Sin lágrimas, sin temblar, solo dijo: “Estás arruinada. Tus padres no te dejaron nada. Buena suerte, la vas a necesitar.” Yo asentí en silencio. Por dentro, algo se rompió sin hacer ruido. Ese día no grité, no supliqué. Guardé cada palabra. Días después, fui yo quien le deseó suerte… y ya nada volvió a ser igual.
El día del funeral de mis padres, mi marido decidió que yo también era prescindible. No esperó a que terminara el responso. Me llevó a un lado del cementerio, entre coronas ajenas y miradas incómodas. “Lucía, se acabó”, dijo, como quien cancela una suscripción. Luego remató: “Estás arruinada. Tus padres no te dejaron nada. Buena…