Cuando perdí mi empleo, él me miró con frialdad: “Ya no sirves. No voy a mantenerte”. Me dejó sin un centavo, y yo, temblando, agarré la maleta en mis manos. Esa noche juré que nunca volvería a suplicar. Meses después lo vi de nuevo… y se quedó pálido. “¿Tú… eres ella?”, tartamudeó. Sonreí: “No. Ella murió”. Pero lo que hice después… nadie lo esperaba.
Me llamo Lucía Rojas y hasta hace un año llevaba una vida “normal” en Madrid: trabajo estable en una consultora, hipoteca al día y un marido, Javier Salgado, que sonreía en las cenas familiares como si fuera el hombre perfecto. El día que me despidieron, llegué a casa con la carta en la mano y…