Le dije a mi familia que me iba a casar y que la familia de él pagaría todo: la casa, el lugar y hasta el vestido. Mi padre se burló: “Ah, perfecto. ¿Y quién es el afortunado?”. Al día siguiente se los presenté, pero antes de que pudiera terminar una frase, mi hermana se lo llevó aparte y le susurró algo. Él se puso pálido y ella sonrió como si hubiera ganado. La mañana de la boda, mi madre no dejaba de retrasarnos. “Tenemos que irnos”, le rogué. Ella sonrió: “Tranquila, nadie llega tarde. La novia de verdad ya está allí… tu hermana”. Y entonces lo entendí: él nunca fue mío.
Cuando les dije a mis padres que me casaba, lo solté como quien tira una cerilla para ver si prende. Estábamos en la cocina de mi infancia, con el café todavía humeando y mi madre, Carmen, acomodando las servilletas como si pudiera poner orden también en mi vida. “En tres meses”, anuncié. “Y… no se…