Me llamo Laura, tengo treinta y cuatro años y trabajo en una gestoría del centro de Madrid. Mi vida, vista desde fuera, era perfectamente normal. Piso compartido que acabó siendo de pareja, cenas rápidas, fines de semana sin demasiadas sorpresas. El problema no era lo que pasaba, sino cómo me hacía sentir. Daniel siempre encontraba una razón para que yo pidiera perdón. Por llegar tarde cinco minutos. Por no haber entendido “el tono” de un mensaje. Por reírme de algo que, según él, no tenía gracia.
Al principio lo confundí con sensibilidad. Luego con estrés. Después, con amor mal entendido. Cada “me has decepcionado” venía acompañado de un silencio largo, calculado, que me dejaba temblando. Yo rellenaba ese silencio con disculpas. Muchas. Demasiadas. “Perdona, no era mi intención”. “Lo siento, soy un desastre”. Empecé a decirlo incluso en el trabajo, como un tic.
Esa noche de martes, mientras el sofá me tragaba y el móvil seguía ahí, pensé en mi madre, en cómo siempre me decía que no me dejara pisar. Pensé en mis amigas, a las que ya casi no veía porque Daniel decía que “me cambiaban”. Le escribí: “No creo haber hecho nada malo”. Tardó en responder. Cuando lo hizo, fue peor. “Si no lo ves, el problema eres tú”.
Sentí vergüenza. Y miedo. Y una necesidad absurda de arreglarlo todo. Me levanté para ir a buscar una copa de vino y vi mi reflejo en el espejo del pasillo. No me reconocí. En ese momento sonó el teléfono. Era una llamada suya. Contesté con la voz rota, sin saber que esa conversación iba a cambiarlo todo.
SI TE SIENTES CULPABLE SIN SABER POR QUÉ, ALGUIEN TE ESTÁ MANIPULANDO.
“Laura, estoy harto”, dijo Daniel sin saludar. Su tono era tranquilo, casi didáctico, y eso lo hacía más cruel. Me explicó, una vez más, todo lo que hacía mal. Que si era egoísta. Que si nunca pensaba en él. Que si gracias a él yo “había mejorado”. Cada frase era un golpe envuelto en lógica. Yo intenté defenderme. Le dije que estaba cansada de sentirme culpable todo el tiempo. Hubo un silencio. Luego rió.
“Eso es porque tienes la conciencia sucia”, soltó. Ahí algo se quebró. Le pregunté directamente si alguna vez pensaba en cómo me hacía sentir. Respondió que yo exageraba, que era demasiado dramática, que sin él estaría perdida. La palabra “perdida” se me clavó como una amenaza. Me vi dudando de mi memoria, de mis emociones, de mi criterio. Dudé incluso de si tenía derecho a estar enfadada.
La discusión subió de tono. Yo lloraba. Él seguía calmado. Me dijo que si colgaba, demostraría que no me importaba la relación. Me quedé atrapada. Éticamente, emocionalmente. ¿Seguir aguantando para no ser “la mala”? ¿O colgar y aceptar que quizá tenía razón y yo era el problema?
En medio de la llamada, recibí un mensaje de mi amiga Marta, a la que no veía desde hacía meses: “Oye, ¿estás bien? He soñado contigo y me he despertado preocupada”. Algo tan simple me desarmó. Daniel seguía hablando, enumerando mis fallos. Yo miraba el mensaje sin responder. Cuando intenté decirle que necesitaba espacio, explotó. Me llamó desagradecida. Dijo que después de todo lo que había hecho por mí, así le pagaba.
Colgué. Me temblaban las manos. El miedo se mezcló con una sensación nueva: rabia. Por primera vez, no le pedí perdón. Pero la culpa volvió al segundo siguiente, como una resaca. Me senté en el suelo, abrazando las rodillas, convencida de que acababa de cometer el peor error de mi vida.
Esa noche no dormí. Al amanecer, con los ojos hinchados, busqué en internet frases que Daniel usaba conmigo. “Me has decepcionado”. “Eres demasiado sensible”. “Sin mí no podrías”. Cada búsqueda me llevaba a la misma palabra: manipulación. Gaslighting. Abuso emocional. Me resistí a aceptarlo. Era más fácil pensar que yo estaba rota que admitir que alguien que decía quererme me estaba dañando.
Le escribí a Marta y quedamos para tomar café. Cuando le conté todo, no me interrumpió. Solo me miraba con una mezcla de tristeza y enfado. “Laura, esto no es normal”, dijo. Y por primera vez en mucho tiempo, alguien validaba lo que sentía sin pedirme que cambiara. Volví a casa y Daniel estaba allí, sin avisar. Dijo que venía a “arreglarlo”. Me pidió perdón. Uno breve, rápido, seguido de un “pero tú también”.
Algo dentro de mí se apagó. O se encendió. No lo sé. Le dije que necesitaba que se fuera. Se sorprendió. Se enfadó. Luego se victimizó. Lloró. Me acusó de abandonarlo. Cada reacción confirmaba lo que había leído. Cuando cerré la puerta, me desplomé. Lloré como si me arrancaran una parte del cuerpo. Pero también respiré.
Pasaron semanas. La culpa no desapareció de golpe, pero dejó de gobernarme. Volví a ver a mis amigas. Fui a terapia. Aprendí que pedir perdón sin motivo es una forma de desaparecer. Un día, Daniel me escribió: “Espero que ahora seas feliz”. No contesté. No porque fuera fuerte, sino porque ya no necesitaba explicarme.
Hoy, cuando alguien me dice “me has decepcionado”, pregunto por qué. Y si no hay respuesta clara, no me disculpo. Porque el amor no debería doler así. Y porque a veces, el acto más difícil no es pedir perdón, sino dejar de hacerlo.
¿Te has preguntado alguna vez cuántas veces te disculpas solo para que todo siga “en paz”?











