Me llamo Lucía Morales, y el día que el notario confirmó que había heredado una suma enorme, no sentí euforia: sentí miedo. No por el dinero, sino por lo que podía revelar. Mi marido, Javier Ortega, llevaba meses irritado, pendiente del móvil, y con una amabilidad que le salía tarde, como una máscara mal puesta. Esa noche lo miré a los ojos y dije la frase que llevaba ensayando todo el día: “Javi… mis padres perdieron el piso. Mañana vienen a vivir con nosotros”. Busqué su reacción, una grieta, una verdad.
Él parpadeó, sonrió y me acarició el hombro. “Claro, amor. Lo resolvemos”. Demasiado rápido. Demasiado perfecto. Luego se ofreció a preparar la cena, algo que casi nunca hacía. Mientras él canturreaba en la cocina, escuché su voz más baja, pegada al teléfono: “Mañana. Sí, mañana. Que esté listo”. Cuando entré, colgó como si quemara.
Esa noche dormí poco. A las seis, me despertó un silencio raro, pesado. Bajé descalza y vi dos maletas grandes apoyadas junto a la puerta principal. Mis maletas. Con mi nombre en una etiqueta. El corazón me dio un golpe seco. Me acerqué al cerrojo: habían cambiado la cerradura. La llave ya no giraba.
Desde la cocina, Javier hablaba otra vez por teléfono, susurrando: “Hoy no entra nadie. Ni sus padres, ni ella. ¿Entendido?”. Me quedé helada. Toqué la manija y escuché un ruido detrás de mí. Giré: Javier estaba apoyado en el marco del pasillo, con una calma extraña. “¿Qué haces despierta tan temprano, Lucía?”, preguntó. Su tono no era el de mi marido; era el de alguien que ya había tomado una decisión. En ese instante, sonó un golpe seco en la puerta… pero venía de dentro de la casa, como si alguien estuviera encerrado al otro lado.
PARTE 2
Me quedé inmóvil, intentando entender lo imposible: ¿cómo podía haber alguien “dentro” golpeando hacia “afuera”? Javier dio un paso hacia mí, lento, controlado. Yo retrocedí hasta sentir el frío de la pared en la espalda. “Javi… ¿qué es esto? ¿Por qué están mis maletas ahí? ¿Por qué cambiaste la cerradura?”, solté, con la voz rota.
Él suspiró como si yo fuera un problema administrativo. “No dramatices. Es por tu bien”. Esa frase me encendió. Crucé hacia la cocina, pero él me cortó el paso. Entonces vi un detalle que me heló más: en la encimera estaba mi carpeta de documentos, abierta, con fotocopias de mi DNI y papeles del notario.
“¿Por mi bien?”, repetí. “¿Qué le dijiste a alguien por teléfono?”
Javier bajó la voz: “Lucía, eres inteligente. No me obligues a hacerlo feo”. Sacó el móvil y mostró un mensaje con una foto: mis padres, saliendo del portal de su edificio, aparentemente tomada esa misma mañana. “Están camino de aquí. Si haces una escena, si llamas a la policía, les complicas la vida. ¿Entiendes?”
Me temblaron las manos. “¿Los estás siguiendo?”
“No. Solo… estoy asegurando las cosas”, dijo, y la palabra “cosas” sonó a amenaza.
En ese momento el golpe volvió a sonar, más fuerte. Yo seguí el sonido y me di cuenta de que venía del cuarto de invitados, al fondo del pasillo. La puerta estaba cerrada. Me acerqué y escuché un murmullo ahogado, como si alguien intentara hablar. Javier se tensó. “No abras”, ordenó.
Lo miré, y por primera vez vi miedo en su cara. No por mí: por lo que había detrás de esa puerta. “¿Quién está ahí?”, exigí.
Javier apretó los dientes. “No es asunto tuyo”.
Entonces hice lo único que podía: fingí obedecer. Di un paso atrás, bajé la mirada y dije suave: “Vale… no quiero problemas. Solo… déjame ir al baño”. Él me creyó. Cuando giró la cabeza un segundo, corrí a la sala, agarré mi bolso y busqué el cargador donde siempre dejaba una segunda llave del coche. No estaba.
Volví con el móvil en la mano. “Javier, voy a llamar a mi hermana”, mentí. Él sonrió, satisfecho, como si ya ganara. Pero marqué 112 con el dedo escondido detrás del bolso. Antes de que pudiera hablar, él me arrancó el teléfono de un manotazo y lo lanzó al suelo. La pantalla se hizo trizas.
“Se acabó, Lucía”, dijo, acercándose. “Firma lo que te voy a poner delante, y esto termina sin sangre”.
Y entonces, desde el cuarto de invitados, una voz femenina gritó, clara por primera vez: “¡Lucía, no firmes nada! ¡Él ya lo hizo conmigo!”
PARTE 3
Mi estómago se hundió. “¿Con quién?”, pregunté, sin voz. Javier se quedó blanco un segundo, lo justo para confirmar que todo era real. Yo di un salto hacia el pasillo. Él intentó agarrarme del brazo, pero me zafé y giré el picaporte del cuarto de invitados. Estaba cerrado con llave. Golpeé la puerta. “¡Dime tu nombre!”
“¡Me llamo Marina!”, respondió entre sollozos. “¡Su exsoc ia del despacho! Me hizo firmar papeles, me aisló, me dijo que era un ‘acuerdo’. ¡Lucía, él quiere tu herencia!”
Javier apretó los puños. “Basta”, dijo con un hilo de voz, pero ya no tenía el control. Yo respiré hondo, obligándome a pensar. No podía enfrentarme a él físicamente; necesitaba tiempo. Miré alrededor: la ventana del pasillo, el mueble con las llaves, la lámpara pesada. Y, sobre todo, la calle al otro lado del cristal.
Con una calma que no sentía, le dije: “Javier, si abres esa puerta ahora, si dejas salir a Marina, podemos hablar”. Él se rio sin humor. “¿Hablar? No. Tú vas a firmar”. Sacó un bolígrafo de su bolsillo, como si lo hubiera ensayado.
Yo levanté las manos, fingiendo rendición. “Vale. Dame el papel”. Mientras él buscaba en la carpeta, yo di un paso hacia la ventana y la abrí de golpe. El aire frío me golpeó la cara. Me asomé y grité con todo lo que tenía: “¡AYUDA! ¡LLAMEN A LA POLICÍA! ¡HAY UNA MUJER ENCERRADA!”
El edificio devolvió mi voz como un eco. Escuché una persiana subir, un “¿qué pasa?” desde abajo. Javier se abalanzó sobre mí, desesperado, pero yo ya había hecho lo necesario: el vecindario había oído.
Él me sujetó del pelo, y el dolor me nubló la vista, pero me aferré al marco y seguí gritando. Entonces sonó el timbre, insistente, y luego golpes fuertes en la puerta principal. “¡POLICÍA!”, gritó una voz.
Javier soltó mi pelo y miró hacia la entrada como un animal acorralado. En ese segundo, Marina volvió a golpear desde dentro. Todo se juntó: vecinos, sirenas, pasos en la escalera.
Cuando abrieron la puerta principal, yo estaba en el suelo, temblando, pero viva. Y supe algo: el dinero no era la herencia más grande. Era haber visto la verdad a tiempo.
Ahora te pregunto: si fueras Lucía, ¿habrías abierto la puerta del cuarto al primer golpe o habrías fingido más tiempo? Escríbelo en comentarios: “ABRO” o “FINJO”. Y si quieres la continuación del juicio y cómo cayó Javier














