Mi hija no había respondido en una semana, así que conduje hasta su casa. Mi yerno insistía en que estaba “de viaje”. Casi le creí… hasta que oí un gemido ahogado que venía del garaje cerrado con llave. Di la vuelta, probé la puerta lateral, y el sonido que salía de aquella habitación oscura de hormigón no solo me asustó: me destrozó como madre de una forma que nunca olvidaré.
Durante siete días miré el teléfono como si pudiera obligarlo a sonar. Lucía, mi hija, siempre respondía, aunque fuera con un “luego te llamo, mamá”. Esta vez, nada: ni mensaje, ni foto, ni el emoji tonto con el que solía despedirse. Al cuarto día llamé a Javier, su marido. Me contestó con una calma que…